La música: ¿buen negocio?

Música, es decir: la combinación del elemento sonoro con un criterio racional (melodía, armonía y ritmo, según dicen los manuales), ha existido desde milenios atrás (quizá 40 o 50 mil años). La voz humana o la utilización de diversos instrumentos es una constante en todos los modos civilizatorios conocidos (según la clasificación clásica: percusión, aerófonos y cordófonos, y según el sistema Hornbostel-Sachs, también idiófonos -cuerpo sólido vibrando- y membranófonos -membrana que vibra-). Hoy día deben agregarse dispositivos electrónicos, como, por ejemplo, el sintetizador Moog, o un ordenador potente (PC/Mac) con software DAW (como Ableton o FL Studio), una interfaz de audio, controladores MIDI (teclados o pads) y monitores de estudio o auriculares para monitoreo preciso.

Las primeras flautas de las que en la actualidad se tiene noticia datan de 30.000 años, construidas con un hueso, halladas en varias cuevas del sur de Alemania, en Hohle Fels y Geissenklösterle. La inventiva humana ha sido sumamente prolífica en este aspecto, generando música con los más diversos elementos (se calcula que existen unos mil instrumentos), desde el golpe de dos piedras hasta los actuales recursos electrónicos, desde la sencillez de una cuerda tensada a la complejidad de una orquesta sinfónica de carácter europeo, con más de cien intérpretes, abarcando 15 a 20 familias de instrumentos, y a veces voz humana.

¿Cuál es la música "más linda"? Pregunta absolutamente mal formulada: todas las expresiones musicales, todas las formas del manejo del elemento sonoro que ha hecho la humanidad a lo largo de la historia, llenan una necesidad, satisfacen algo. Esa expresión humana ha estado siempre presente, para los más diversos fines: para la adoración religiosa, para prepararnos para la guerra, para celebraciones de los diferentes y variados estados de ánimo, para expresar sentimientos en torno a la muerte. Acompañando las distintas actividades humanas (ceremonias, rituales, magia, cacería, curaciones, etc.), los vestigios con que hoy se cuentan permiten ver que ya en las primeras grandes civilizaciones del Neolítico tuvo una función de "arte", es decir: se hacía música solo por el gusto de escucharla (Mesopotamia, Siria, Egipto, Mesoamérica). Con la modernidad europea ese "arte" alcanza su máxima expresión, refinándose al extremo en tanto actividad autónoma, solo por el placer de ser escuchada sin acompañar ninguna actividad específica, sin tener una función social determinada, desarrollando así su propio espacio acotado (el palacio de los aristócratas, el teatro luego), para masificarse posteriormente llegando a los actuales medios masivos de difusión, haciendo que hoy la música esté indisolublemente unida a toda actividad humana, siempre en su papel de mercancía a ser consumida.

Solo la modernidad capitalista, donde absolutamente todo puede ser mercancía ligada al mercado marcada por la ley del valor, la producción musical dejó de tener una funcionalidad social (vinculada a lo sagrado, a la medicina, al poder político, a la vida comunitaria con cualquiera de sus ceremoniales específicos), como sucedió por milenios en distintas culturas, dejando también de ser una de las "bellas artes" de carácter aristocrático, para pasar a ser un producto de consumo más, consumida masivamente.

Toda producción musical, adecuada a su contexto socio-histórico, es "bella". Puede haberla más elaborada, definitivamente: el grado de desarrollo que logró la polifonía europea no tiene parangón; pero de ahí a ponerla como "el" modelo de perfección creativa no hace sino reafirmar el eurocentrismo dominante, absolutamente cuestionable. ¿Por qué una sinfonía de Haydn sería más bella que un raga hindú, o una escala pentatónica inca sería más bella, o no, que un negro spiritual de los esclavos negros de África llevados a las plantaciones estadounidenses? ¿Con qué criterio medir la belleza en juego? Definitivamente: imposible. Si se puede hablar de la "gran música", poniendo allí la producción académica europea de estos últimos tres o cuatro siglos (barroco, clasicismo, romanticismo), anida en ello el más repulsivo de los racismos eurocéntricos. Como reacción a esta creación, en el siglo XX aparecen expresiones que buscan una nueva estética "no bella", una apología de la disonancia, desarrollándose la dodecafonía, la música concreta francesa, la electrónica alemana, llegándose así a la consigna de la así llamada "anti-música" donde, según sus creadores: "el ruido es arte" (y en vez de tocar las teclas del piano, por ejemplo, se le da un martillazo a la caja, o se entroniza como arte el ruido de una licuadora en funcionamiento).

El siglo XX acrecentó monumentalmente procesos de cambio que se venían dando desde el XIX; para el caso, la masificación de todo. Todo puede ser mercancía, por tanto, todo puede ser negocio. La masificación del consumo de esas mercancías, no importando cuál sea, es redituable. Estamos ante la más pura esencia del capitalismo: business are business. En la lógica que ese modo de producción y consumo inició hace un par de siglos, ninguna faceta de lo humano puede escapar al horizonte de producción mercantil: todo deviene bien de cambio, está concebido en función de una estrategia comercial (luego, la publicidad se encargará de hacer consumir lo que sea). La música no puede ser ajena a esta dinámica. Por tanto, la mercancía musical deviene un gran negocio, y ahí están la radio, los fonógrafos, los discos de vinilo, y luego toda una interminable parafernalia de dispositivos electroacústicos que permiten vender y vender sin detenerse las más diversas mercancías musicales.

Allí se puede vender desde esa prejuiciosamente conocida como "gran música" a la música folklórica de las diversas culturas, pero en el medio de todo ello aparece la que pasaría a ser en los siglos XX y XXI la estrella dominante: la llamada "música popular" para ser vendida. Allí entra absolutamente de todo: aparecen creaciones no-académicas de innegable valor artístico, con propuestas musicales, y en muchos casos letras, que marcan un rumbo. Ahí tenemos el jazz y el blues, el tango, la balada de célebres cantautores, lo que se llama música de protesta, la Nova Trova, la popularización de ritmos tradicionales de diversas partes del mundo, el rock pesado, la llamada música "funcional" (para una sala de espera, por ejemplo), y un largo, casi interminable etcétera. Hoy esa música está pensada -desde los empresarios que la manejan- como producto a consumir, por lo que la oferta está hiper segmentada, buscando no dejar a nadie sin convertir en potencial consumidor.

Lo que prima, sin embargo, son obras muy fácilmente digeribles, que se "ponen de moda" (la industria del entretenimiento lo hace) y pasan rápidamente, a la espera de la nueva........

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