¿Espontaneidad de los movimientos populares, o vanguardia organizada?
El presente texto es parte de un libro de pronta aparición: "Los caminos de la revolución: ¿clausurados o abiertos?"
El mundo capitalista actual, aunque el aluvión mediático lo muestre como triunfador, no tiene futuro. Para que una pequeña porción de la humanidad viva decorosamente (15%, ubicada en el Norte y en algunos bolsones del Sur), las grandes mayorías pasan enormes penas (85% restante, básicamente en el Sur Global). Estamos ante un sistema que produce 40% más de los alimentos necesarios para nutrir bien a toda la población global, pero el hambre sigue siendo principal causa de muerte (más de 20,000 personas diarias). Mundo que gasta más en armamentos (75,000 dólares por segundo) que en inversiones realmente útiles para la gente. Sin dudas, este modelo económico social no resuelve los grandes problemas mundiales; y además de ello, con su consumismo desaforado, está calentando el planeta a niveles demenciales que, de seguir así, harán imposible la vida. Por todo ello, hay que cambiarlo. Pero ¿cómo? El socialismo -que no está derrotado, sino golpeado- quedó entre paréntesis de momento. ¿Cómo puede volver? Para cambiar este invivible estado de cosas ¿alcanzan los alzamientos populares espontáneos, o se necesita una vanguardia muy bien organizada que marque el camino?
A partir de las últimas décadas del siglo pasado asistimos a una gradual pero permanente decadencia de los partidos políticos tradicionales. Esto se da tanto en la derecha como en la izquierda. Las poblaciones van evidenciando un creciente hastío en relación a las formas tradicionales de la "política profesional", dada por tecnócratas, burócratas siempre alejados de la gente, "mentirosos de profesión". La política hecha a través de los partidos (farsante, embustera, manipuladora) sigue siendo la forma en que se maneja la institucionalidad de los Estados nacionales, pero cada vez más es la mercadotecnia, el manejo "de mentes y corazones" -como pedía Joseph Goebbels en su momento en la Alemania nazi, o más recientemente el polaco-estadounidense Zbigniew Brzezinsky, maestro en estas artes-, la tecnología publicitaria, la que "hace" la política. O, al menos, la que se encarga de manejar a las grandes masas. La gente no vota por propuestas sino por imágenes publicitarias bien presentadas. Las decisiones fundamentales, por supuesto, se siguen haciendo en las sombras, y no las toman ni las poblaciones con su voto ni los burócratas que dirigen el aparato estatal. No están en manos de los "políticos de profesión" precisamente, sino de quienes les financian las campañas y para quienes, en definitiva, trabajan. "Ciertos temas son demasiado importantes para dejarlos a los votantes", afirmó el Premio Nobel de la Paz -sic- Henry Kissinger-.
De ningún modo esos partidos están agotados, pues continúan siendo correas de transmisión entre el poder económico -los verdaderos amos- y las grandes masas, ofreciendo las capas de tecnócratas que manejan los aparatos estatales. Pero la credibilidad de esos partidos, así como la de los políticos de profesión que de allí surgen, está en este momento por los suelos, en todos los países capitalistas del mundo.
"El político tradicional en África [o en cualquier parte el mundo capitalista] es una figura que encarna todos los vicios: mentiroso, sicofante y embaucador", lo describía el líder revolucionario de Burkina Faso, Ibrahim Traoré. Ese perfil se repite en cualquier latitud. En otros términos: para dedicarse a lo que hoy conocemos como el oficio de la política profesional, si así puede llamársele, hay que tener dotes bastante singulares.
Quienes ejercen el poder en el ámbito de las relaciones sociales, en la arena política, en la toma de grandes decisiones (políticas o empresariales) deben tener algo de un talante "psicopático" que les permita, por ejemplo, declarar una guerra, o bombardear un hospital. Gautam Mukunda, investigador sobre el tema de liderazgo de la Universidad de Harvard, publicó en la revista Forbes que:
"Las personas con niveles elevados de rasgos psicopáticos no necesitan ser asesinos en serie para ser peligrosas. Un director ejecutivo que miente sin escrúpulos, está puramente motivado por sí mismo y no tiene restricciones éticas. (…). Desafortunadamente, esta peligrosa combinación de rasgos no es poco común en los escalones superiores del mundo corporativo [y de la esfera política]. De hecho, Babiak y Hare estiman que entre los ejecutivos corporativos, la tasa general de psicópatas es del 3,9%. En general, cuanto más alto se llega en una organización, más frecuentes son los psicópatas. La tasa es mucho más alta entre los directores ejecutivos: de hecho, el consenso entre los investigadores es que los directores ejecutivos tienen casi la misma probabilidad que los presos de ser psicópatas. (Entre los presos, los liberados condicionalmente y los que están en libertad condicional, la tasa es mucho más alta, y un estudio estima que el 25% son psicópatas). Una estimación encontró que el 21% [de los directores ejecutivos estadounidenses] tienen niveles clínicamente elevados de psicopatía." (Mukunda: 2023)
Ese nivel de psicopatía puede encontrarse entre muchos de quienes ejercen altos cargos políticos, donde su toma de decisiones puede impactar muy negativamente en la vida de miles o millones de otros congéneres, sin que les importe en lo más mínimo la vida del otro: "Puedo hacer lo que quiera con Cuba, ya sea que la libere o la tome" (Donald Trump), "Los árabes solo entienden la fuerza, y ahora que tenemos poder, los trataremos como se merecen" (Ariel Sharon), "Que no salga ni uno vivo", Romeo Lucas durante la quema de la Embajada de España en Guatemala con 37 campesinos dentro, "Le damos gracias a Dios porque esto [la bomba atómica] haya llegado a nosotros antes que a nuestros enemigos, y rezamos para que Él nos pueda guiar para usarlo según Su forma y Sus propósitos" (Harry Truman), "Controla el petróleo y controlarás las naciones; controla los alimentos y controlarás a los pueblos", Henri Kissinger, solo por dar algunos ejemplos.
Aunque la población votante puede denostarlos, incluso aborrecerlos, de todos modos, el "credo" fundamental de la politología oficial, de la llamada democracia representativa, está dado por la existencia de esos partidos y de esos políticos, siempre con lujosos trajes y corbatas o con tacones y costosas joyas (se admiten todas las combinaciones posibles). El resguardo de lo que la ciencia política de derecha funcional al sistema llama "gobernabilidad" (o el inefable neologismo de "gobernanza") son esos -aunque desacreditados y un tanto aborrecidos- partidos políticos. Por así decir: un mal necesario para el sistema.
Ahora bien: en el campo de la izquierda las cosas también están complicadas. Caídas las primeras experiencias socialistas de la historia, el avance de las fuerzas de cambio social quedó un tanto -o bastante- relegado. Hoy, una pregunta clave en el campo de la izquierda es ¿cómo construir alternativas válidas, consistentes, realmente efectivas? Los partidos políticos de izquierda clásicos, con un esquema leninista si se quiere, en el momento actual no están en crecimiento. Antes bien: han perdido credibilidad, no arrastran gente. Al menos en lo que llamamos Occidente. El caso de la República Popular China es otra historia, con un Partido Comunista único por su tamaño (más de 100 millones de afiliados) y su papel histórico. Es el verdadero garante de las transformaciones en curso, de haber sacado de la pobreza rural crónica a 400 millones de personas, y de haber hecho del país una potencia económica, científica y tecnológica. Pero, insistamos, ese es un caso peculiar, irrepetible quizá en otras latitudes.
Hoy por hoy, todo lo que suene a confrontación, a espíritu contestario, lo que huela de algún modo a "comunismo", como consecuencia de décadas de bombardeo mediático-ideológico, de visceral guerra anticomunista (eso fue el corazón de la Guerra Fría) es visto como peligroso. O, cuando menos, como desconfiable. De ahí que los partidos políticos de izquierda, los tradicionales partidos comunistas (leninistas, o también maoístas, o trotskistas), no están hoy precisamente en crecimiento. Y si se trata de partidos socialdemócratas, es decir: fuerzas políticas que hablan un lenguaje capitalista moderado, aquello de "capitalismo con rostro humano", no hay mayor diferencia con los partidos políticos de derecha.
Los movimientos guerrilleros, por otro lado, en la actualidad no son opción, dado el apabullante desbalance técnico-militar existente entre ejércitos regulares y guerrillas. Satélites estacionarios e inteligencia artificial hoy cuentan en estas guerras, por lo que hacen inoperativas las guerras de guerrillas tradicionales. Fuerzas alzadas en armas con décadas de acción político-revolucionaria hoy se desarman para entrar al juego democrático-parlamentario, sin conseguir con ello poner en marcha el ideario que los acompañó anteriormente (véase El Salvador, Colombia, Guatemala, Mozambique, Burundi, etc.). Pepe Mujica, ese venerable y nada corrupto presidente que tuvo Uruguay años atrás, fue un comprometido militante del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros, heroica guerrilla urbana del país en décadas pasadas; su ideario marxista quedó como un tibio reflejo en lo que pudo implementar como primer mandatario en el país charrúa. Una vez más entonces: la participación en la arena política de las democracias burguesas no permite cambios reales.
"Si te fijas en el último capítulo de mi Dieciocho Brumario", verás que expongo como próxima tentativa de la Revolución Francesa no hacer pasar de unas manos a otras la máquina burocrático-militar, como venía sucediendo hasta ahora, sino demolerla, y ésta es justamente la condición previa de toda verdadera revolución popular", (Marx)
comentaba Marx en carta a Ludwing Kugelman del 12 de abril de 1871, en plena efervescencia de la Comuna de París. Está claro: el marco de la institucionalidad capitalista está hecho para perpetuar el dominio del capital, y no más. La política revolucionaria no puede ser, de ningún modo, intentar cambiar algo desde dentro. La experiencia lo muestra fehacientemente: cualquier intento que "se va de la raya" es neutralizado. Sobran ejemplos en Latinoamérica (Perón en Argentina, Joao Gulart en Brasil, Omar Torrijos en Panamá, Jacobo Arbenz en Guatemala, Jean-Bertrand Aristide en Haití, Salvador Allende en Chile, y un la
Con el desgano político al que se llevó a las masas, con la imposibilidad de un triunfo a partir de las guerras de guerrillas, dada la fuerza enorme que ha tenido la reacción de las derechas en estas últimas décadas, a decir verdad, actualmente no se ven muy claros los caminos para impulsar con fuerza una propuesta real de transformación social. Ello no significa, en modo alguno, que el sistema capitalista esté blindado infaliblemente ante los cambios y que se perpetúe por la eternidad. Está blindado, por supuesto, pero no hay blindaje impenetrable. Si somos consecuentemente dialécticos, sabemos que "todo fluye", pues "no podemos bañarnos dos veces en el mismo río" (Heráclito de Efeso). O, dicho de otro modo (lo que inspiró a Marx y Engels): "Todo lo que existe merece perecer" (Hegel): también el sistema capitalista. Son incontestables los elementos que demuestran su inviabilidad a futuro: el solo ecocidio (la monumental catástrofe medioambiental que sufrimos) que ha producido con su alocado modelo de consumo, o el tener las guerras como una siempre posible válvula de escape cuando se traba, deja ver su insostenibilidad.
Entre sus negocios más grandes están las armas, el petróleo, las drogas ilegales, es decir: todas industrias de la muerte. Pero aunque no ofrezca salida, solo, por su propio peso, no cae. Es necesario que alguien lo derribe. "El capitalismo no caerá si no existen las fuerzas sociales y políticas que lo hagan caer", decía Lenin. La fuerza ciclónica de las masas ahí está, sin dudas adormecida hoy. La cuestión es cómo encenderla. De ahí el interrogante básico para las izquierdas: ¿cómo lograr hoy partidos políticos revolucionarios que se constituyan en guía para la acción? Porque, está más que demostrado, sin una conducción política, el descontento popular no pasa de descontento.
Esto, en modo alguno niega que los partidos comunistas que han llegado al poder (caso chino, caso cubano o norcoreano) sean obsoletos, estén en retirada o no gocen de alta credibilidad. Son ellos, en realidad, la garantía última de la construcción socialista que, con diferencias y características propias particulares, está teniendo lugar en cada uno de esos países.
Ante este panorama de despolitización forzada que se nos ha impuesto -y con esta apología del discurso de derecha que hoy vivimos-, esta apatía por lo social en que nos encontramos desde la implementación de los planes neoliberales, con esta manipulada conducta de indolencia política que se ha impuesto, en distintas latitudes del planeta, lo que sí se van dibujando como alternativas antisistémicas, rebeldes, contestatarias, son los grupos que presentan demandas más puntuales, quizá sin un proyecto político socialista en sentido estricto: luchas por la tierra, movimientos de desempleados, de mujeres, de jóvenes, de amas de casa o por la diversidad sexual. O, con una gran fuerza y sentido anti-sistémico -quizá sin saberlo-, movimientos campesinos e indígenas que luchan y reivindican sus territorios ancestrales.
Quizá sin una propuesta clasista, revolucionaria en sentido estricto (al menos como la concibió el marxismo clásico, como han levantado los partidos comunistas tradicionales a través de los años en el siglo XX), estos movimientos campesinos y de reivindicación de territorios propios constituyen una clara afrenta a los intereses del gran capital transnacional y a los sectores hegemónicos locales. En ese sentido, funcionan como una alternativa, una llama que se sigue levantando, y arde, y que eventualmente puede crecer y encender más llamas. De hecho, en el informe "Tendencias Globales 2020 – Cartografía del futuro global", del consejo Nacional de Inteligencia de los Estados Unidos, dedicado a estudiar los escenarios futuros de amenaza a la seguridad nacional de ese país, podía leerse años atrás, viendo el desarrollo de estas primeras décadas del siglo:
"A comienzos del siglo XXI, hay grupos indígenas radicales en la mayoría de los países latinoamericanos, que en 2020 podrán haber crecido exponencialmente y obtenido la adhesión de la mayoría de los pueblos indígenas (…) Esos grupos podrán establecer relaciones con grupos terroristas internacionales y grupos antiglobalización (…) que podrán poner en causa las políticas económicas de los liderazgos latinoamericanos de origen europeo. (…) Las tensiones se manifestarán en un área desde México a través de la región del Amazonas".
Para enfrentar esa presunta amenaza que afectaría la gobernabilidad de la región poniendo en entredicho la hegemonía continental de Washington cuestionando así sus intereses (y quizá también la lógica capitalista en su conjunto), el gobierno estadounidense implementó la correspondiente estrategia contrainsurgente: la "Guerra de Red Social" (tal como la llaman sus ideólogos, es decir: guerra de cuarta generación, guerra mediático-psicológica donde el enemigo no es un ejército combatiente sino la totalidad de la población civil), tal como décadas atrás lo hiciera contra la Teología de la Liberación y los movimientos insurgentes que se expandieron por toda Latinoamérica, generando así las iglesias neopentecostales.
Hoy, como dice el portugués Boaventura Sousa Santos refiriéndose al caso colombiano en particular y latinoamericano en general, escrito antes de la desmovilización de la principal fuerza guerrillera de Colombia, pero igualmente válido años después,
"La verdadera amenaza no son las FARC [o alguna otra organización guerrillera vigente]. Son las fuerzas progresistas y, en especial, los movimientos indígenas y campesinos. La mayor amenaza [para la estrategia hegemónica de Estados Unidos, para el capitalismo como sistema] proviene de aquellos que invocan derechos ancestrales sobre los territorios donde se encuentran estos recursos [biodiversidad, agua dulce, petróleo, riquezas minerales], o sea, de los pueblos indígenas" (de Souza).
Anida allí, entonces, una cuota de esperanza si de transformación se trata. ¿Quién dijo que todo está perdido?
No puede dejar de mencionarse que, curiosamente, la USAID montó estos últimos años fuertes campañas de promoción de las culturas ancestrales de los pueblos indígenas americanos, dándoles un lugar que el capitalismo avasallador de estos siglos de conquista e invasión había aplastado. "Significativa" inversión: se les da impulso en lo tocante a lo cultural, se permiten y promueven sus tradiciones religiosas -con lo que se les levanta su "moral", si así puede decirse- pero sin tocar su lugar económico-social. Algo así como un "premio consuelo".
"Cuando los indios emergen en el 90 empieza también la cooperación para el desarrollo. Las ONG del desarrollo aterrizan en el corazón del movimiento. (...) La cooperación rompe las solidaridades e inaugura rivalidades entre las comunidades con la creación de organizaciones de segundo grado que empiezan a disputar los recursos de la cooperación", (Dávalos)
reflexiona Pablo Dávalos
No hay dudas que la contradicción fundamental del sistema sigue siendo el choque irreconciliable de las contradicciones de clase, de trabajadores y capitalistas. Eso continúa constituyendo la savia vital del sistema: la producción centrada en la ganancia empresarial. En ese sentido, las premisas de trabajo asalariado y capital siguen siendo absolutamente determinantes: los trabajadores generan la riqueza que una clase, la poseedora de los medios de producción, se apropia. Esa contradicción -que no ha terminado, que sigue siendo el motor de la historia, amén de otras contradicciones sin dudas muy importantes: asimetrías de género, discriminación étnica, adultocentrismo, homofobia, desastre ecológico- pone como actores principales del escenario revolucionario a los trabajadores, en cualquiera de sus formas: proletariado industrial urbano, proletariado agrícola, campesinos pobres, trabajadores "clase-media" de la esfera de servicios, intelectuales, personal calificado y gerencial de la iniciativa privada, amas de casa, subocupados varios, trabajadores precarizados e informales. Lo cierto es que, con la derrota histórica de estos últimos años luego de la caída del Muro de Berlín y los retrocesos habidos en el campo socialista, con el tremendo revés que la clase trabajadora ha sufrido a nivel mundial con el capitalismo salvaje de estos años, eufemísticamente llamado "neoliberalismo" (precarización de las condiciones generales de trabajo, pérdida de conquistas históricas, retroceso en la organización sindical, tercerización), los trabajadores, los verdaderos y únicos productores de la riqueza humana, quedaron desorganizados, vencidos, quizá desmoralizados. De ahí que estos movimientos campesinos-indígenas que reivindican sus territorios son una fuente de vitalidad revolucionaria sumamente importante.
La pregunta sigue siendo: ¿por dónde ir si hablamos de transformación, de cambio social? Evidentemente la potencialidad de este descontento, que en buena parte de América Latina se expresa en toda la movilización popular anti-industria extractivista (minería, centrales hidroeléctricas, monoproducción agrícola destinada al mercado internacional), puede marcar un camino.
Sin dudas, las posibilidades de transformación social se ven hoy bastante escasas.
El sistema capitalista ha sabido cerrar filas contra el cambio. Pero siempre quedan rendijas. El sistema lleva en sí mismo el germen de su destrucción. Las contradicciones que le son inherentes -la lucha de clases, y otras conexas, que se articulan con esa explotación, las ya mencionadas racismo, patriarcado, homofobia, adultocentrismo- dinamiza la historia, y en algún momento todo eso estalla. Como dijo el multimillonario estadounidense Warren Buffett: "Por supuesto que hay luchas de clase, pero es mi clase, la clase rica, la que está haciendo la guerra, y la estamos ganando". Es decir: la dinámica misma del sistema es que está siempre, día a día, minuto a minuto, fundado en la contradicción, en el conflicto. La gran incógnita es cómo hacer hoy, a partir de los numerosos malestares sociales que anidan por doquier, para encender esa mecha que ponga en marcha las transformaciones profundas, para dejar atrás este abominable modo de producción y construir un nuevo modelo social: el socialismo.
Esos movimientos populares espontáneos que mencionábamos más arriba, definitivamente tienen una gran potencialidad. En Argentina, por ejemplo, en diciembre del 2001, al grito de "¡Que se vayan todos!", en dos semanas se sacaron cinco presidentes. En Ecuador los movimientos indígenas, liderados en parte por la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador -CONAIE-, en parte actuando espontáneamente, ya tienen una larga tradición de lucha y movilización, pues en estos últimos años expulsaron del gobierno a varios presidentes por corruptos, antipopulares y represores: Abdalá Bucaram, Jamil Mahuad y Lucio Gutiérrez. Y en el año 2019, con una valiente acción de calle incendiando la ciudad capital, Quito, se logró que el claudicante y traidor presidente Lenín Moreno diera marcha atrás con un acuerdo fijado por el Fondo Monetario Internacional que contenía un "paquetazo" de medidas de ajuste económico antipopular.
Por su parte el Caracazo de 1989, en Venezuela, primer alzamiento popular en Latinoamérica contra los planes neoliberales, en este caso implementados por el presidente Carlos Andrés Pérez en sumisión total ante los organismos crediticios de Breton Woods, generó tal descontento popular -reprimido sangrientamente por el gobierno, con una cifra nunca exactamente conocida de muertos- que dio como consecuencia la aparición años después de una figura como Hugo Chávez, que montándose en esa ola de presión social y rebeldía, pudo implementar su Revolución Bolivariana, propiciando lo que más tarde se conocería como Socialismo del siglo XXI.
Algo parecido pasó en Chile con las formidables protestas callejeras de 2019, que se continuaron en menor escala en el 2020 dado el surgimiento de la pandemia de Covid-19, las cuales trajeron como consecuencia -además de la feroz represión gubernamental, con balas de gomas disparadas a los ojos de los manifestantes- ciertas concesiones que el Palacio de la Moneda tuvo que dar, llamándose a una Asamblea Constituyente para redactar una nueva Carta Magna, buscando superar la pinochetista vigente.
Ejemplos de movimientos populares espontáneos hay muchos, heroicos en todos los casos, valerosos, que se enfrentaron en numerosas ocasiones a las fuerzas represoras, y triunfaron en sus objetivos inmediatos, creando nuevos escenarios políticos, sin ser la revolución socialista, pero abriendo nuevas perspectivas político-sociales. Por ejemplo: la reacción espontánea de la población venezolana de cientos de miles de seguidores de Hugo Chávez, ya presidente, cuando fue derrocado por un golpe de Estado de extrema derecha en 1992, logrando su restitución casi inmediata. O los Chalecos Amarillos en Francia, que lograron frenar y anular el aumento del impuesto a los combustibles, obteniendo medidas económicas por más de 10,000 millones de euros, incluyendo el aumento del salario mínimo, la anulación de impuestos a pensionistas de bajos ingresos y la exención de impuestos en horas extras. O los cuantiosos movimientos "No Kings" en Estados Unidos, con la consigna "Ni tronos, ni coronas, ni reyes", protestando ante los descalabros del presidente Donald Trump, abriendo la posibilidad de su derrota en las elecciones legislativas (¿o quizá antes su destitución por insanía mental?), dado el descontento de la población con la decadente situación económica del país, a lo que se suma su permanente estado de guerras en el exterior. O las protestas de la llamada "Generación Z" en Corea del Sur, manifestándose contra la declaración de ley marcial, movilizaciones lideradas básicamente por jóvenes, logrando la derogación de la antipopular medida legislativa. O el movimiento "Ni Una Menos", nacido en Argentina y luego extendido a buena parte de Latinoamérica, como poderosa expresión feminista masiva por el derecho al aborto y contra la violencia machista-patriarcal.
En la historia reciente hay cuantiosos ejemplos de estallidos populares, de movimientos sin propuestas partidarias, pero de gran energía política, que influyen en las dinámicas sociales, a veces de forma profundísima: Movimiento de los Sin Tierra en Brasil, movimientos Okupa en diversas partes del mundo tomando tierras y construcciones abandonadas para habitar, los muy poderosos y cuestionadores movimientos feministas, movimientos por la diversidad sexual, estallidos espontáneos como la Primavera Árabe, con un gran potencial contestatario (luego manipulada y tergiversada por la infiltración estadounidense).
Aclárese rápida y muy enfáticamente que no hacemos entrar aquí lo que se conoce como "Revoluciones de colores", por ser ellas manipulaciones arteras hechas desde centros de poder (las de Estados Unidos, como la CIA, la NED o la USAID) con fines bien delimitados, utilizando descontentos populares que son vilmente manejados (recuérdese Goebbels y Brzezinsky). En esa línea se inscriben diversos "movimientos cívicos", que casualmente siempre surgen en países opuestos a la lógica imperial de Washington: las "damas de blanco" en Cuba, los "estudiantes universitarios democráticos" en Venezuela, las protestas contra el gobierno en el Irán de la Revolución Islámica.
Ahora bien, la pregunta fundamental ante todo esto: ¿constituyen estos movimientos -desde la reivindicación anti industria extractiva a los desfiles gay, desde las protestas estudiantiles con toma de universidad ante los "cacerolazos" que aparecen espontáneamente cada tanto- un verdadero fermento revolucionario, una verdadera chispa que puede encender el fuego del cambio profundo?
La observación serena de los resultados de todos ellos muestra que sí, efectivamente, tienen una enorme fuerza política (le han podido torcer el brazo a uno de los más poderosos organismos del capital global en más de algún caso), pero no alcanzan para colapsar al sistema, para producir una revolución victoriosa. Como alguna vez expresó un mural callejero durante la Guerra Civil Española: "Los pueblos no son revolucionarios, pero a veces se ponen revolucionarios". ¿Qué se necesita para que esa chispa, ese enorme descontento popular que anida en la gente se pueda transformar en un verdadero cambio de estructuras? Una vanguardia, un grupo organizado y con claridad política que pueda conducir esa fuerza contestataria encausándola en un auténtico proyecto transformador. Además, claro está, de una coyuntura político-social que favorezca el estallido.
El presente texto no hace sino poner al debate este espinoso, dificultoso y controversial tema de la vanguardia (o como quiera llamársele). ¿Pueden estas insurrecciones populares espontáneas dirigirse solas a un cambio revolucionario, o es necesaria la presencia de una organización política articulada que oriente el camino? Vieja y trascendental discusión en las izquierdas. Entiendo que la experiencia enseña que el espontaneísmo solo no alcanza. Pero ¿cómo se construye esa fuerza de vanguardia?
"El partido comunista no tiene intereses que diverjan de los de la clase trabajadora en su totalidad, y sólo se distingue de ésta porque posee una visión de conjunto del camino histórico que debe recorrer la clase obrera y se esfuerza por representar, en todas las inflexiones de ese camino, no los intereses de grupos u oficios particulares, sino los de la clase trabajadora en su conjunto",
decían en el Manifiesto de 1848 Marx y Engels. Ese Partido Comunista debe ser la vanguardia. La cuestión es: ¿cómo se construye hoy?
