Ormuz, los archivos de Epstein y noviembre: el triple ataúd de Trump…

"Los dioses no juegan a los dados, juegan al ajedrez, y siempre ganan porque tienen paciencia." EDUARDO GALEANO,

El libro de los abrazos

El ventilador de techo de El Bohemio giraba con una pereza que contagiaba, cortando el aire cargado de humedad maracaibera y el humo de mis cigarrillos. Era una danza hipnótica, casi ritual, que recordaba el ritmo lento con el que los imperios se desmoronan: sin estridencias, casi sin que nadie se percatara hasta que el techo se desplomaba sobre nuestras cabezas. Afuera, la lluvia golpeaba el zinc con la insistencia de un recaudador de impuestos que no aceptaba excusas. Aquí adentro, el café amargo era el único combustible que nos mantenía despiertos ante la tragedia que se desplegaba en las pantallas del mundo.

El coronel retirado, un hombre cuya espalda era una línea recta que desafiaba la gravedad y los años, dejó su taza de café negro cerrero sobre la madera. Sus ojos, nublados por la nostalgia de guerras que ya no existían, escrutaban el mapa mental que Anacleto dibujaba sobre la mesa con sus dedos. «Anacleto, usted siempre ve sombras donde los demás ven luz» dijo, con esa voz seca que aún conservaba el eco del cuartel. «Los portaaviones estadounidenses siguen ahí. El poder de fuego sigue ahí. ¿De verdad cree que esa gente va a dejar que les cierren el Estrecho de Ormuz sin convertir a Irán en un estacionamiento de escombros?

Anacleto sacó su encendedor. La llama iluminó por un segundo sus arrugas y encendió el cigarrillo antes de soltar la sentencia. Soltó el aire cargado de nicotina y observó cómo los aros de humo se deshacían antes de tocar el ventilador. Acomodó el sombrero de paja, que aquel día parecía más desflecado que de costumbre, en la silla lateral y lo miró con firmeza. «Coronel, usted se quedó atrapado en el manual de la Segunda Guerra Mundial» replicó con esa suavidad que precedía a la estocada. «Usted confunde la capacidad de destruir con la capacidad de vencer. Maquiavelo, en sus "Discursos sobre la primera década de Tito Livio", nos dejó una advertencia que hoy resuena en los pasillos del Pentágono como una sentencia: "Nunca se debe poner en peligro a todo el Estado sin arriesgarlo todo". Estados Unidos no está librando una guerra contra un ejército; está librando una guerra contra el tiempo y contra su propia fractura interna. Una nación que se devora a sí misma desde adentro, con sus crisis de moralidad, sus juicios, sus marchas en las calles y su dinero drenado hacia una guerra que su pueblo ya no quiere, pues no puede sostener una guerra de ocupación en el otro lado del mundo. La asimetría no es una táctica, coronel, es un lazo de seda que ellos mismos se han dejado poner al cuello. El Leviatán está cayendo porque su estructura interna se ha convertido en puro aserrín.»

El boticario, desde la barra, interrumpió con esa rabia popular que no entendía de geopolítica, pero sí de precios y desabastecimiento. «¿Y qué hay del dinero, Anacleto? Dicen que el convicto anaranjado está imprimiendo billetes como si fueran servilletas para mantener el barco a flote.»

Anacleto bebió un sorbo largo de su café, dejando que el amargor terminara de darle la razón antes de responder. Golpeó suavemente la mesa con la taza y soltó: «Irán ha diseñado una trampa de una elegancia macabra. La llaman "guerra asimétrica", pero yo lo llamo la "estrategia del lazo de seda". Y ese… ese es precisamente el veneno. La trampa asimétrica es una operación aritmética simple. Si obligas al........

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