La Licencia de la “Infamia”: el imperio “soltó” los reales al "dictador" para que pudiera defenderse…

"La justicia es como la serpiente: solo muerde cuando se le pisa, pero si la pisas con botas de general, la serpiente se hace la muerta."

Adaptación de un refrán criollo,

con el perdón de Rómulo Gallegos

El ventilador del techo apenas se movía. Eran las 9:30 de la mañana y el calor ya era un argumento de peso, al igual que el olor a café recién colado. En El Bohemio, el humo del cigarrillo de Anacleto se elevaba recto, cortando la mañana maracaibera con la precisión de un bisturí. La noticia había caído sobre la mesa de madera como un ladrillo envuelto en seda.

«Camaritas» dijo Anacleto, ajustándose los lentes de carey. «Acaba de ocurrir algo que ni el mismo Maquiavelo se atrevió a escribir. La OFAC, esa misma oficina que se la pasa poniéndole candados al bolsillo de los venezolanos, acaba de suavizar las sanciones para que el gobierno de Delcy Rodríguez pueda pagar los abogados de Nicolás Maduro y de Cilia Flores.» hizo una pausa, exhaló el humo tratando de hacer aros y continuó: «¿No es hermoso? Los mismos que lo secuestraron en Miraflores y que se negaban a aceptar que su Estado pagara sus abogados defensores, "ahora lo permiten" para que no los demande por violarle la Sexta Enmienda. No es que el imperio ponga un real. Es que le permite al gobierno de Venezuela usar SUS propios fondos para la defensa.»

El coronel retirado, que siempre tiene un ojo en la taza de su café negro cerrero, levantó la ceja. «¿No es eso una contradicción, Anacleto? ¿Cómo van a tener a un hombre preso, declararlo "narcotraficante", y al mismo tiempo no permitirle a su gobierno pagar sus abogados?» Miró a Anacleto como intrigado y gruñó: «No es que ellos los paguen: es que nosotros los pagamos con nuestra plata. Ellos solo tienen que dejar que usemos nuestra plata. ¿Eso no es reconocernos como gobierno legítimo?»

«Ahí está el cadáver, coronel» respondió Anacleto, encendiendo un cigarrillo con la parsimonia de un juez que sabe que la sentencia ya está escrita. «El imperio se enredó en su propio trompo. Querían juzgar a Maduro sin tener que reconocer que Venezuela sigue siendo un país con un gobierno legítimo. Pero el juez Alvin Hellerstein, un viejo zorro que ha visto más de estos circos, les recordó una verdad elemental: "O lo tratas como a un criminal de calle, o lo tratas como a un jefe de Estado. Las dos cosas no pueden ser al mismo tiempo". Y éste, ya te mostró las uñas al considerarse un "prisionero de guerra".»

La profesora, que siempre escucha, ahora con un ejemplar de Doña Bárbara bajo el brazo, intervino: «¿Y qué pesó más, Anacleto? ¿La decencia jurídica o el miedo a una demanda millonaria por violación de derechos?»

Anacleto soltó una carcajada seca, de esas que parecen carraspera de camión viejo. «Camarita, en este oficio hemos aprendido que el imperio no actúa por decencia, actúa por conveniencia. La defensa de Maduro argumentó que sin los fondos del Estado venezolano —congelados por las propias sanciones que ellos impusieron— no podían pagar sus abogados. Eso, según la ley gringa, viola la Sexta Enmienda. Traducción: si no nos permiten usar nuestra plata para abogados, y no tienen abogados, les metemos un juicio por violación de derechos humanos y los dejamos con la cara por el suelo.» Apagó el cigarrillo contra el metal del cenicero y soltó: «Por eso el juez Hellerstein les........

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