La geometría de la traición: cuando el precio de un hombre cabe en una cuenta offshore… |
«Traicionar no es solo vender al otro; es venderse a uno mismo. Y el recibo siempre llega, aunque lo firmes en moneda extranjera.»
ANACLETO
Así estaba El Bohemio, antes del amanecer: El aire olía a café quemado y a derrota temprana. No había un mapa sobre la mesa esta vez, sino solo dos objetos: un recorte de periódico con la cifra «USD $50.000.000» y un pasaporte estadounidense abierto en la página de los datos biométricos. Ambos manchados de la misma gota de café frío, como si la historia insistiera en emparentar lo innombrable. Anacleto llegó sin hacer ruido. No traía su libreta verde. Traía un sobre marrón gastado en las esquinas. Lo dejó caer sobre la mesa con un sonido sordo, como el de un cuerpo que impacta contra la tierra desde gran altura. «Cincuenta millones de dólares,» dijo, sin preámbulos. Su voz no tenía ironía; tenía la textura áspera de los hechos consumados. «Y una ciudadanía. El precio de oficina por un presidente. Barato, si lo piensas. Un yate de lujo cuesta más.» El boticario estaba pálido, pero era una palidez distinta: no de miedo, sino de rabia fermentada. «¿Y el domo? ¿Los radares? ¿Los misiles hipersónicos que tanto nos describiste?» Anacleto abrió el sobre. Sacó una fotografía desenfocada, tomada de lejos. Se veía una sala de control. Pantallas encendidas. Y un hombre de uniforme, de espaldas, inclinado sobre un teclado.
«El domo funcionó, camarita,» murmuró. «Vio los aviones. Los detectó a trescientos kilómetros. Marcó nueve objetivos no identificados aproximándose a velocidad de combate.» Hizo una pausa que pesó más que cualquier misil. «Lo que falló fue el dedo que debió pulsar el botón rojo. O mejor dicho: el dedo que pulsó el botón verde para abrirles el camino.» La profesora cerró los ojos. «¿Cuánto cuesta un dedo así?» «Menos de lo que crees,» respondió Anacleto. «A veces basta una promesa. O una amenaza a la familia. O simplemente el silencio cómplice de quien mira para otro lado mientras pasa el avión fantasma. Pero recuerden: quién traiciona una vez, repite. Por eso es que no los quiere nadie» El coronel retirado, el que había servido treinta años en la Fuerza Aérea, rompió su taza contra el piso. El estruendo de porcelana sonó demasiado humano en aquel silencio. «¡Eran nuestros sistemas! ¡Nuestra doctrina! ¡Nuestra soberanía!» «No,» corrigió Anacleto con suavidad funeraria. «Eran hardware. Software. Código. La........