El reactor que Washington le regaló a Persia, y el que le vende a Arabia: la misma hipocresía, distinto envoltorio…
«Quien siembra bombas, cosecha tormentas atómicas. Y luego se queja del huracán. Pero cuando siembra reactores entre aliados, el huracán se llama "cooperación".»
El Bohemio tenía ese olor a café recalentado y a noticia que quema. Era un jueves cualquiera, pero la noticia del New York Times había caído sobre la mesa como una bomba de racimo: la administración Trump estaba a punto de regalarle a Arabia Saudita lo que durante décadas le había negado a Irán: un programa nuclear civil con derecho a enriquecer uranio. La hipocresía, camaritas, había cambiado de envoltorio, pero seguía oliendo a pólvora.
Anacleto llegó con su sombrero desflecado como estandarte, los ojos entrecerrados tras las gafas de carey, y un ejemplar del Times arrugado en la mano. Lo arrojó sobre la mesa como quien tira un cadáver al descampado. «Camaritas» —dijo, sin preámbulos—, «el imperio ha encontrado un nuevo socio para su danza atómica. Y esta vez, el que recibe el reactor no es el enemigo de ayer, sino el amigo de hoy. La misma jugada, distintos colores.»
El pichón de periodista, con el teléfono caliente, fue el primero en reaccionar. «Anacleto, ¿esto es cierto? ¿EE.UU. le va a dar a Arabia Saudita lo que le ha negado a Irán durante décadas?»
Anacleto encendió un cigarrillo con esa parsimonia de quien sabe que las contradicciones del imperio son su propia condena. Exhaló el humo hacia el techo. «Camarita, no es solo cierto, es la confirmación de que la política exterior estadounidense no tiene principios, solo intereses. Cuando el Sha de Persia era amigo de Nixon, le regalaron un reactor, que aún hoy funciona. Ahora, cuando el mulá es enemigo de Trump, lo bombardea. Cuando el príncipe saudí es socio de la Casa Blanca, le venden tecnología nuclear sin las restricciones que les impusieron a los Emiratos Árabes Unidos. Es el mismo manual, camarita. Solo cambia el nombre del beneficiario.»
La profesora, con esa precisión de archivo que la caracteriza, desplegó el artículo del Times. «El acuerdo se llama "Acuerdo 123", el marco legal para la cooperación nuclear civil: A los Emiratos Árabes Unidos, en 2009, Washington exigió que renunciaran al enriquecimiento de uranio. Ahora, a Arabia Saudita, Trump le ha aceptado que puedan enriquecer su propio combustible. Es decir, les ha dado la llave del arsenal con la única condición: que no lo usen para hacer bombas. Pero, como dice el refrán: "Cuando el gato no está, los ratones hacen fiesta". Y el gato, en este caso, es un inspector internacional que apenas podrá mirar por la cerradura.»
El coronel retirado, con su voz grave, se inclinó sobre la mesa. «Anacleto, ¿y qué dice Israel? Porque ellos han sido los más ruidosos en contra de Irán.»
Anacleto apagó un cigarrillo y encendió otro, su ritual del pensamiento. «Coronel, Israel está furioso… pero no solo porque Arabia Saudita pueda tener bombas. No! Está furioso porque el imperio ha cambiado de favorito. Durante décadas, Israel fue el único socio nuclear no declarado de Washington en la región. Ahora, Arabia Saudita se está sentando a la misma mesa. Y lo que........
