El reloj de la izquierda española lleva atrasada la hora de Venezuela

Cuando quedaban unos meses para acabar el curso académico 2001-2002 un colega me dijo que dos profesores de la Universidad de Valencia estaban buscando a un economista académico para incorporarse, durante el periodo estival, a un equipo de consultoría internacional que deseaba crear el presidente de Venezuela, Hugo Chávez.

Yo acababa de pasar por un periodo de sufrimiento personal, por razones que no vienen al caso, y vi allí la oportunidad de poner distancia. Además, me atraía esa actividad, así como conocer con mayor profundidad un país del que había leído bastante, pues allí se encontraba desde hacía años una familiar a la que siempre he querido y admirado mucho. Acepté la oferta y me fui en cuanto acabé la actividad del curso académico (por cierto, sólo a cambio de una muy reducida dieta para gastos del día a día, y no haciéndome rico, como puede comprobar fácilmente quien indague un poco sobre mi vida).

Ahora que me acabo de jubilar es posible que escriba una especie de memorias de los dos periodos en los que estuve allí, cargados de anécdotas, información y conocimientos que quizá sirvan -además de para pasar un buen rato- para dar un poco de luz sobre lo ocurrido durante el último cuarto de siglo en aquel país. En este artículo, sin embargo, me limitaré a exponer en voz alta una reflexión rápida sobre algo que en estos últimos días me dicen que no es la hora de expresar en público (una advertencia de silencio más de las que, curiosamente, siempre tienen en mí el efecto contrario al perseguido por quienes me las hacen).

Cuando en 2002 comenté a mis amigas y amigos de izquierdas que me iría unas semanas de consultor a Venezuela para trabajar en el entorno del presidente Chávez recibía siempre la misma respuesta. Fueran del PSOE, IU, PCE o de otras organizaciones políticas o sindicales me decían que cómo hacía eso, que estaba loco, pues -según me aseguraban- Chávez era un militar golpista, de derechas e impresentable. Una opinión que mantenían incluso quienes tenían amplia experiencia como dirigentes y que duró mucho tiempo.

Tanto fue así, que una de las tareas que nos encomendamos quienes estábamos en aquel equipo fue la de difundir del modo más realista posible lo que estaba sucediendo en Venezuela, la naturaleza del proceso constituyente, las primeras medidas económicas, lo que había ocurrido con el golpe petrolero y, en fin, las expectativas de transformación social que se estaban abriendo.

No fue fácil porque el prejuicio en los ambientes de izquierdas hacia la revolución bolivariana era muy fuerte y no sólo en sus primeros tiempos. Sirva de ejemplo lo siguiente. Bastante más tarde, y sabiendo quienes organizaban una de las jornadas de Economía Crítica que se celebraron por entonces en España que yo había estado en aquel país, me invitaron a realizar una ponencia sobre la experiencia venezolana. Para explicar el apoyo social tan grande que tenía el chavismo de entonces, expliqué -entre otras cosas- lo que había supuesto la llamada Misión Identidad. Gracias a ella, en el momento en que lo expuse ya se había........

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