La megalomanía de los salvadores
Hay gobernantes que llegan al poder sabiendo que algún día tendrán que abandonarlo. Entienden que las instituciones son más importantes que sus propias personas y que la nación existía antes de ellos y continuará existiendo después. Hay otros, en cambio, que terminan desarrollando una relación enfermiza con el poder y comienzan a convencerse de que han sido llamados para algo mucho más grande que gobernar: han sido llamados para salvar. Cuando esa percepción de excepcionalidad se combina con la adulación permanente, la propaganda y la ausencia de contrapesos, aparece una de las deformaciones más peligrosas de la política: la grandiosidad del gobernante que termina confundiéndose con la grandeza de la nación. Venezuela conoció ese fenómeno con Hugo Chávez y, posteriormente, con Nicolás Maduro. Pero conviene hacer una distinción importante: no son exactamente el mismo tipo de personaje. Chávez fue un caudillo en el sentido clásico del término, con carisma, capacidad de movilización y una extraordinaria habilidad para establecer una relación emocional con las masas. Maduro, en cambio, carece de esas cualidades y no puede ser considerado un caudillo tradicional. Su poder no nació de un liderazgo carismático, sino de la estructura que heredó de Chávez y que conservó mediante el control político, institucional, militar y coercitivo. Sin embargo, ambos comparten algo fundamental: la necesidad de presentar su permanencia como indispensable para Venezuela. Y ahí aparece la megalomanía política. No utilizo el término como diagnóstico psiquiátrico. Nadie puede diagnosticar clínicamente a una persona sin una evaluación profesional. Hablo de megalomanía en un sentido político: la percepción exagerada de la propia importancia, la convicción de ser excepcional, la necesidad de admiración y la construcción de una imagen de líder indispensable para la supervivencia de la nación. Chávez: el caudillo que quiso convertirse en historia
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