We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close
Aa Aa Aa
- A +

Viaje a El Valle de la Luna …

4 0 0
04.09.2019
Si este archivo adjunto contiene imágenes, no se mostrarán. Descargar el archivo adjunto original

Viaje a El Valle de la Luna …

José Sant Roz

22-08-2019: preparándonos para la partida, que la haremos mañana, con parte esta vez, de la querida familia de mi esposa. Reviso varios materiales que tengo pendientes y que seguramente nunca llegaré a concluir, uno de ellos es sobre la visión social y política de Rómulo Gallegos en “Doña Bárbara” y otro sobre las ideas de la pobreza. Leo en los griegos que ningún hombre honrado puede ser pobre.

Lo que deseamos es ir al campo y caminar por sobre la niebla y las lajas, cruzando el río con las botas de goma (aunque mejor sería hacerlo descalzos), allí donde cunden los lirios y los rosales en ráfagas, en estos días con interminables lloviznas, allá en El Valle de la Luna, buscando moras, comiendo fresas o mirando las estrellas, en ese delirio de silencios tupidos, de fríos de piedra, de fragancias nocturnas, voces de terciopelo, músicas de ausencias…

Decía el sabio Solón que de las riquezas nace el fastidio y del fastidio la insolencia, ¡y cuánta insolencia! De lo cual se colige que nada más insolente que un inútil. Y hoy, estamos conociendo en sus profundas raíces los sacudones de las inusitadas estrecheces, y en las que ahora cada producto o elemento adquiere una importancia y un lugar esencial en nuestro diario vivir. Por lo que entonces se piensa tanto en todo aquello que se tuvo en abundancia y que se dejó perder sin darle un sentido sustantivo, noble y justo en su momento.

23-08-2019: Viaje a El Valle de la Luna. Vienen con nosotros Paola, Albania y Horacio. Hay un palpitar de fiestas, de luces, de promesas, de todo lo que se hará entre los caminos y la dura hierba. Hay un olor ya de campos, una ronda de crespúsculos y misterios en las miradas, una risa metálica y una música de vientos y de hojas en el horizonte. Va al volante Horacio, The King of the road.

Salimos a las 9 de la mañana: un día muy claro, con un cielo azul, límpido, a manera de espejo en el que nos iremos buscando, en esos trazos de lienzos sonrientes por entre las luces del camino, sobre todo cuando llegamos a El Anís, y enfilamos por ese fulgor de tierra ardiente, con peladeros de chivos, el lugar donde trabajaba nuestra querida Albita, la alcabala con sus lánguidos policías y la gente arremolinada esperando un aventón para El Vigía o para Tovar, para Santa Cruz o los Pueblos del Sur.

Habíamos dejado atrás una vieja venta de chicharrones light ya desaparecido, un puesto con ventas de panelas, otro de cambures, esterillas, mamones, café,…

Vamos dejando Mérida, la urbe, la vamos olvidando lentamente, hasta que al torcer en la curva de Los Túneles la perdemos sin remedio. Ya queda como una ciudad enterrada que no podrá rescatarse sino cuando volvamos a sobrellevar otra vez el Cristo de los desvelos. Lo último que escuchamos antes de borrarse ese último recuerdo, fue “hay un infierno en la Amazonía…”.

A partir de Tusta se desata un fuerte viento, y al remontar el Páramo de Las Nieves nos cae lluvia y neblina. El cielo se torna plomizo, y vamos cayendo en una hondonada de curvas como en un gran vórtice, que tendrá su punto final en el pueblo de El Molino. De allí, en hora y media podrá cubrirse el trayendo hasta nuestra casita en El Valle de la Luna. La sinfonía de colores, el bosque de pinos o la tierra arrasada para sembrar papas, el camino destrozado, las fuentes naturales de agua cada vez más escasas. Los vientos secos de las quemas, los nuevos azotes con motosierras al hombro, la dureza de los nuevos negocios al calor del contrabando, las torres caídas o derribadas ahora con grandes interrupciones de conexión telefónica o eléctrica.

Todo lo que ha cambiado este mundo en tan poco tiempo que casi no reconocemos los lugares, que vamos por ahí como buscando fantasmas que se llevaron los huracanes, los temblores, la ruina súbita de un enjambre de plagas.

A la 1:30 de la tarde, ya estamos escuchando los alaridos agónicos de Solita, en un solo temblor está ella apoyada sobre la cerca, ansiosa de amor, de compañía, de las voces de sus seres queridos, y con esos gritos celebra el encuentro, es su modo de decir tanto con sus nervios atónitos…

No hay modo de caminar con esta perra loca de alegría yendo y viniendo con una velocidad atronadora por el porche, por el patio y dentro de la casa.

A las 2 de la tarde, ya está desatada una intensa lluvia, y luego nos enteramos que así ha estado el clima desde hace una semana.

Ante todo, pues, la alegría de encontrarnos con nuestra perra Solita que nos cuentan que cuando nos vamos pasa días enteros llorando, y son tales sus aullidos cuando llegamos que en toda la aldea se enteran y dicen: “Ya llegaron la María y el señor José…”.

A lo lejos saludamos a la vecina Engracia quien nos da la buena nueva de que ha llegado gas.

Nos enteramos también que no ha habido electricidad desde por la mañana, pero que el servicio se ha regularizado bastante.

Descargamos los macundales. Instalamos la bombona de gas y el televisor; barremos los cuartos y los pasillos, arreglamos camas, acomodamos las sillas para los visitantes, revisamos la siembra, y finalmente hacemos café para ir a sentarnos en el porche y postrarnos silentes ante la soberbia montaña en cuya cumbre, a unos quinientos metros, están tres grandes cruces, punto llamado Los Atalitos.

Nos visita Lucía Valentina quien viene con un plato y nos trae de obsequio y bienvenida una buena porción de carne con corazón de res, riñones e hígado. Nosotros le retrucamos con panelas traídas de San Juan de Lagunillas.

Procede ahora hacerle una visita al fundador y patriarca de la aldea. Horacio y yo nos vamos y le hacemos una visita al señor Corsino, quien ha perdido definitivamente la vista. Allí está él en una silla de cuero, solo, escuchando las voces que va reconociendo, y con su hidalguía serena se incorpora para agradecer, saludar y abrazar a los visitantes.

Para llegar a la casa de los Mora, luego de atravesar un senderito, pasando por la casita de Xioli, se llega a una pequeña explanada con camburales y cafetos de lado y lado. Al fondo se ve el corredor, y allí suele estar el señor Corsino sentado, ahora sólo oyendo los rumores de lo que discurre cercano, porque ha perdido la vista.

Nos encontramos allí con su padre a Ana, a Manuel y Ángel. Departimos un rato en el corredor viendo pasar a los cochinos y a las gallinas en plena libertad, por un caminito que comunica con la casa de Evencio, otro hijo de Corsino. Volvemos a tomar café. Hablamos de los sorpresivos cambios del tiempo y de lo malo que sigue estando el paso por El Rincón y que hoy, muy temprano, la buseta que iba a Mérida se quedó un buen rato varada por el mal tiempo. Es tal el sedimento que baja de la montaña que taponó un puente recientemente construido, y los promontorios de lajas que se extraen para impedir un nuevo desborde de la quebrada, han cambiado la geografía del lugar.

Conversando sobre diversos temas, caigo en la cuenta, por una observación que me hace Ángel, de que la esposa del prócer Páez nació en Canaguá de Barinas y no en el Canaguá de los Pueblos del Sur, equivocación en la que incurrí, en una nota que escribí el año pasado. Sí, porque resulta que la esposa de Páez era de Barinas.

Volvemos a casa, y antes de despedirnos vemos venir a Ángel con un plato de peltre en el que trae un queso que ya habíamos negociado, excelente para la cena.

Ya en los trajines del hogar me pongo a moler maíz para las arepas de la cena. Afortunadamente hemos traído una buena carga de aguacates muchos de los cuales están listos para comerse.

Desocupados de los preparativos en la cocina pasamos a la sala a ver por la tele una amena entrevista que le hace Boris Castellanos al poeta cubano Abel Prieto.

El cielo se sigue tornando intensamente plomizo: sólo a lo lejos se oye el fragor del río. Soledad, calma absoluta, enchumbado de suspiros el empedrado camino a la casa, y al fondo los ojos salpicados de alegría de Solita, y luego: ¡LA CASITA!, en su fulgor de cantos porque hay otra vez quien la habite.

Por la noche, nos visita Ángel quien nos trae un tarro con mantequilla, y con él nos ponemos a departir un rato, hasta que agotados tantos temas, cada cual coge a su madriguera. Se oye a Horacio, el primero que se recoge:

Hasta mañana…

Sábado, 24 -08- 2019: desayuno con arepas, aguacate, queso, mantequilla y sardinas. Cada comida tiene su fiesta, con la infaltable compañía de Solita y la gata Morisca. Hoy hemos acomodado nuestro pesebre para el desayuno en la troja. Desde allí desayunamos rodeados de montañas, de la vista hacia el huerto y la empalizada que da al cambural y cafetal del señor Evencio. Un poco más allá la casa de Engracia, con el fuerte rumor del río crecido allá abajo por una ladera. Hay zamuros acurrucados en los horcones, vacas que parecieran colgadas como estampitas en las empinadas laderas, unos tres cochinos que pasan y repasan el río como si fuesen perros de agua. Cientos de pájaros revoloteando en el níspero, en la mata de menta, en el guamo. Unas urracas que pasan revista al maizal, el llamado de un ordeñador en una vaquera vecina, y nosotros inmóviles en aquellas inmensidades ardiendo en clamores silentes y en frescuras de ensueños.

Nos visita Ángel, quien nos trae dos litros de leche y trozos de carne de una res que se le mató a Roberto, su sobrino. Una carne que estaba ahumada.

Horacio se va al cuarto de las herramientas para amolar machetes, el palín y la chícura. Ya lleva encasquetado su gorra de labores, su traje de campaña, sus trajinados y ahuecados guantes, y sus botas de goma.

Nos visita el señor Antonio Rojas quien nos trae de regalo una crecidita mata de lechosa y unos quince kilos de yuca. El señor Antonio sube una fuerte pendiente con este cargamento de yuca desde su casa a unos quinientos metros. Yo lo llamo san Antonio. ¡Cómo agradecer estos generosísimos gestos!

Primer día, pues, de faenas: María Eugenia, Paola y Albania se dedican a limpiar todos los alrededores de la troja; Horacio arregla la entrada de la casa haciendo una canaleta para evitar la acumulación de agua durante las lluvias. Acarrea piedras las cuales va incrustando con una porra. Yo me voy a........

© Aporrea