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El expolio sistémico de Venezuela: la tutela norteamericana como proyecto de ocupación permanente (II)

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La larga permanencia proyectada de los Estados Unidos para la explotación de los recursos naturales en Venezuela ya fue analizada en la parte (I) de este artículo; ahora nos encargaremos de analizar un argumento muy polémico, comprometido con el tutelaje diseñado por la potencia del norte sobre nuestra economía. 

El argumento es: «Aceptar las condiciones del enemigo para evitar un baño de sangre», que se maneja a diferentes niveles en el ámbito nacional, y que está fuertemente vinculado con el acontecer actual. 

Este es uno de los dilemas más frecuentes y peligrosos en la historia de las relaciones internacionales. A simple vista, apela a un pragmatismo humanitario que busca salvar vidas. Sin embargo, la evidencia histórica demuestra de forma abrumadora que esta estrategia, conocida como apaciguamiento, casi nunca consigue sus objetivos a largo plazo. Por el contrario, suele tener el efecto opuesto, generando un escenario lleno de deterioro social y aún más mortífero. 

El apaciguamiento es una estrategia diplomática en la cual se hacen concesiones políticas, económicas o territoriales a una potencia extranjera agresiva con el objetivo teórico de evitar un conflicto mayor. Su premisa es que, al satisfacer las demandas «razonables» del agresor, se calmará su apetito y se restaura la paz. Esta lógica, aunque parece sensata en momentos de tensión, falla estrepitosamente cuando se aplica a Estados con ambiciones económicas ilimitadas. Para estos actores, la agresión no es un medio para un fin concreto, sino un proceso continuo. Cada concesión no es vista como un gesto de paz, sino como una señal de debilidad, un incentivo para presionar aún más. 

El ejemplo más conocido de apaciguamiento es la política exterior británica hacia la Alemania nazi en la década de 1930. Espantados por los horrores de la Primera Guerra Mundial, los líderes europeos deseaban mantener la paz a toda costa, lo que significó permitir las constantes violaciones de Hitler a los tratados internacionales. Así, se toleró la remilitarización de Renania en 1936, el Anschluss (anexión) de Austria en 1938, y finalmente la cesión de los Sudetes checoslovacos en los Acuerdos de Múnich ese mismo año. 

Sin embargo, lejos de pacificar a Hitler, estas concesiones «alentaron un mayor expansionismo de la Alemania nazi». Hitler concluyó que las democracias occidentales carecían de la voluntad para detenerlo por la fuerza. Esta percepción de debilidad fue un factor crucial que lo llevó a invadir Polonia en septiembre de 1939, desatando la Segunda Guerra Mundial.

La corriente filosófica que mejor respalda el enunciado es el realismo político, especialmente en su versión clásica asociada a Tucídides (como en el «Diálogo de los melios») y a pensadores como Maquiavelo y Hobbes. Esta postura sostiene que en las relaciones de poder, la fuerza y la superioridad bélica determinan las decisiones, y que la supervivencia o la conveniencia inmediata justifican ceder ante el más fuerte, postergando aspiraciones de justicia o cambio para un futuro más favorable. 

El enunciado plantea una sumisión pragmática ante la fuerza bélica superior, aplazando la resistencia a un futuro incierto. 

Sin embargo, también existen otras corrientes filosóficas que contradicen esa postura. Algunas de las principales son: 

Estoicismo (especialmente el estoicismo romano de Séneca o Epicteto): Defiende que la virtud y la dignidad moral no se negocian ante el miedo. Un sabio estoico preferiría la muerte antes que someterse a una tiranía injusta, pues el valor y la libertad interior no dependen del poder externo. 

Idealismo kantiano (Immanuel Kant): En su filosofía política, la paz perpetua no se alcanza cediendo al más fuerte, sino mediante el derecho, la república y la federación de estados libres. Someterse por temor a la fuerza es contrario al imperativo categórico de obrar según máximas universalizables y respetar la dignidad humana. 

Derecho natural clásico (Tomás de Aquino, Cicerón): Sostiene que existen leyes morales superiores a cualquier poder terrenal. Si la exigencia del poderoso es injusta, no hay obligación de obedecer; antes bien, se puede resistir legítimamente (aunque se evalúe la prudencia, pero no se justifica la mera claudicación por superioridad bélica). 

Anarquismo (Bakunin, Kropotkin, Tolstói): Rechaza la autoridad coercitiva y la lógica de la dominación. La superioridad bélica no legitima mando alguno; la resistencia activa, la desobediencia y la solidaridad horizontal son los caminos éticos, no la sumisión temporal. 

Marxismo (especialmente el leninismo y la tradición revolucionaria): Contradice la idea de esperar tiempos mejores cediendo al opresor. Para Marx, la clase dominante no abandona el poder voluntariamente; solo la lucha organizada, la insurrección y la toma del poder pueden cambiar la correlación de fuerzas. Aplazar la resistencia es una traición a la revolución. 

Existencialismo (Sartre, Camus, Simone de Beauvoir): Afirma que el ser humano es radicalmente libre y responsable incluso bajo opresión. La frase «ya llegarán tiempos mejores» es una mala fe (mauvaise foi) que

justifica la pasividad. Para Camus, en la resistencia contra el absurdo y la opresión, el acto de no someterse es constitutivo de la dignidad. 

Filosofía de la no violencia activa (Gandhi, Martin Luther King): Rechaza la premisa de que la fuerza bélica justifique la concesión. La resistencia noviolenta, lejos de ser pasiva, busca transformar la relación de poder mediante la desobediencia civil, la huelga de hambre o la desobediencia masiva, confiando en la fuerza moral más que en la militar. 

Teoría de la desobediencia civil (Henry David Thoreau): En su ensayo «Desobediencia civil», argumenta que no hay deber de obedecer leyes o exigencias injustas, incluso si vienen de un gobierno poderoso. La máxima «el gobierno mejor es el que menos gobierna» implica resistir activamente, no someterse pragmáticamente. 

En síntesis, todas estas corrientes comparten el rechazo a que la superioridad bélica otorgue legitimidad moral para exigir sumisión, y consideran que la dignidad, la justicia o la libertad exigen resistir en el presente, no aplazar la lucha a un futuro hipotético. 

La Guerra de Invierno entre Finlandia y la Unión Soviética es un poderoso ejemplo del valor de la resistencia, incluso frente a la derrota militar. En noviembre de 1939, tres meses después del inicio de la Segunda Guerra Mundial, la Unión Soviética de Stalin invadió Finlandia. Las fuerzas eran abrumadoramente desiguales: la URSS movilizó a medio millón de soldados y 3.000 tanques, mientras que Finlandia solo podía oponer unos 300.000 hombres y 32 tanques. 

La lógica del apaciguamiento habría dictado que Finlandia cediera a las demandas soviéticas para evitar una masacre. Sin embargo, el pueblo finlandés decidió luchar. Los finlandeses infligieron pérdidas astronómicas a los soviéticos utilizando tácticas de guerrilla y un armamento sencillo pero efectivo. Aunque Finlandia finalmente se vio obligada a firmar la Paz de Moscú en marzo de 1940, cediendo el 11% de su territorio, la guerra fue una victoria estratégica y moral de inmenso calado. Los soviéticos sufrieron más de 126.000 muertos, además de perder cientos de tanques y aviones. El costo político fue tan grande que Stalin, impresionado por la resistencia finlandesa, abandonó sus planes de ocupar todo el país. Finlandia, a diferencia de los estados bálticos que se rindieron sin luchar, mantuvo su soberanía y su modelo de vida. Este ejemplo demuestra que resistir, incluso frente a un enemigo muy superior, puede alterar los cálculos del agresor y preservar la independencia. El costo de la resistencia, aunque trágico, fue menor que el precio de la sumisión, que habría significado la pérdida total de la libertad y la identidad nacional.

La Guerra de Vietnam es quizás el ejemplo más rotundo del siglo XX de cómo una nación pequeña y pobre puede derrotar a la potencia militar más grande del mundo. Entre 1955 y 1975, Estados Unidos desplegó todo su arsenal tecnológico, con millones de toneladas de bombas, agentes químicos como el Agente Naranja y más de 500.000 soldados en su punto máximo. 

La estrategia estadounidense se basaba en su superioridad de fuego. La estrategia vietnamita, diseñada por el general Võ Nguyên Giáp, era la de una «guerra de todo el pueblo», una mezcla de guerra de guerrillas, movilización política y resistencia cultural. Sabían que no podían vencer en una batalla campal convencional, por lo que evitaron el combate directo, hostigaron constantemente al enemigo y lo desgastaron. El resultado fue una derrota estratégica para Washington. En 1973, las tropas estadounidenses se retiraron del país. Dos años después, el 30 de abril de 1975, un tanque del Ejército de Vietnam del Norte derribaba las puertas del Palacio Presidencial en Saigón, la capital del sur, poniendo fin a la guerra. 

La victoria de Vietnam demuestra que la capacidad de resistir no reside únicamente en el poderío militar, sino en la voluntad política, la unidad nacional y la aceptación de un costo a largo plazo. La decisión de resistir, de no aceptar la partición del país, fue la clave de su éxito final. Una vez más, la alternativa, la rendición, habría significado la pérdida de la independencia, pero a la larga resultó más costosa. 

Otros ejemplos históricos de la no sumisión están en: Numancia contra Roma (los habitantes de la ciudad celtíbera de Numancia resistieron durante 20 años al ejército romano; prefirieron el suicidio colectivo y la destrucción de su ciudad antes que rendirse y ser esclavizados, convirtiéndose en un símbolo perdurable de resistencia); judíos contra romanos (en el año 66 d.C., los judíos se rebelaron contra el dominio romano; la resistencia culminó en el asedio de Masada [73-74 d.C.], donde casi mil defensores eligieron la muerte antes que la esclavitud tras un prolongado asedio); pueblo mapuche (contra el Imperio español): durante más de 300 años, el pueblo mapuche de Chile resistió con éxito la conquista del Imperio español, defendiendo su territorio en la Guerra... 

La tesis de este ensayo es dolorosa pero necesaria: quien crea que una eventual intervención o tutela estadounidense sobre Venezuela será breve y benigna está ignorando la historia y la geopolítica. Los recursos del país —petróleo, minerales críticos, agua dulce— son demasiado valiosos para ser abandonados después de una administración temporal de cuatro u ocho años. El diseño imperial apunta a la

extracción sistemática durante décadas, probablemente siglos, hasta el agotamiento práctico de lo explotable. 

Simultáneamente, refiriéndonos al derecho a la sumisión, la evidencia histórica es concluyente: el argumento de que es necesario aceptar las condiciones del enemigo para evitar un ataque y la muerte de mucha gente es un error estratégico y moral. Como hemos visto, el apaciguamiento no trae paz, sino que siembra las semillas de una guerra mayor, y mientras esta no sucede, el país es saqueado en todos sus aspectos. Envalentona al agresor, erosiona la disuasión y convierte a la víctima en cómplice de su propia destrucción. 

Para finalizar, dejaré varias preguntas para la reflexión: ¿Después de la invasión norteamericana en Venezuela el 3 de enero, cuál es el tipo de resistencia que se está implementando? ¿Cuál es el plan para sostener nuestra autonomía? ¿Nuestra soberanía es real? Y, por último: ¿Cuál es el nivel de dependencia o colonización en que se ha caído? 

INCONFORMIDAD, IDEOLOGÍA Y TRABAJO.


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