Contra la política incestuosa |
El descubrimiento de que las relaciones incestuosas resultan inconvenientes porque reproducen las taras genéticas es muy tardío en la historia científica de la humanidad. Miles de años antes las sociedades humanas ya evitaban estas relaciones prohibiéndolas. ¿Acaso estamos dotados de algún instinto anti-incestuoso? No parece haber una respuesta afirmativa si por “instinto” hemos de entender lo que al uso se suele entender, a saber, una disposición psicogenética biológicamente heredada, un tipo de comportamiento cuya respuesta es mecánica e inconsciente ante determinado estímulo. El homo sapiens sapiens que somos carece de tales instintos. Desde hace ya más de un siglo hablamos más bien de “pulsiones”, impulsos cuyas respuestas están mediadas culturalmente. Por ejemplo, tenemos pulsiones sexuales pero cada individuo las satisface según algún modelo cultural, llegando algunos a reprimirlas canalizando sus energías en formas sublimadas de actividades religiosas, artísticas, científicas, etc. Igual cabría decir de las pulsiones maternales o de autoconservación.
Nada instintivo pareciera inscribirse en la más universal de las prohibiciones humanas, la común a toda cultura que hemos conocido, la prohibición del incesto. Cabe agregar, además, que parte importante de los animales que conocemos sobre el planeta carecen de ese instinto contra el incesto, por lo que más que atender a razones biológicas, que las hay, pareciera que la cuestión remite a otras explicaciones. La etnología ha respondido que la prohibición se relaciona más bien con la creación de la sociedad humana. En efecto, las prácticas incestuosas cierran al grupo sobre sí mismo mientras que su prohibición obliga a establecer alianzas intergrupales, interfamiliares, de modo de reforzar vínculos para lograr éxito en la lucha por la........