Mi nuevo despertar a la política |
En el año 2010 escribí un artículo que titulé "Dejando de escribir sobre política". Desde 1978, año en que España transitó de la dictadura a otra forma de organización política, no hubo tregua frente a una corrupción generalizada, revestida de una u otra apariencia. Y acabé sin esperanza, quizá desesperado.
Quienes habían intervenido en los engranajes del régimen franquista —funcionarios, jueces, empresarios, estructuras como la Falange— pasaron a protagonizar también el nuevo orden. Fueron ellos, en gran medida, quienes pilotaron el paso de un sistema a otro tras la muerte del dictador. Nos prometimos entonces una vida luminosa. Pero lo que no se quiso ver es que el poder no cambia simplemente de manos: se reconfigura.
Como advirtió Michel Foucault, el poder no es una cosa que se posea, sino una red de relaciones que atraviesa la sociedad, que se infiltra en las instituciones, en los discursos, en las prácticas cotidianas. Pensar que bastaba con una Constitución para mutar una estructura de poder profundamente arraigada fue, en el mejor de los casos, una ingenuidad; en el peor, una ficción útil.
Quienes redactaban las nuevas normas y quienes debían impartir justicia no podían acostarse franquistas y levantarse demócratas. Su inercia mental, moral y estructural persistió. Y de esa persistencia nació una corrupción no coyuntural, sino sistémica: una forma de apropiación de lo público de las élites inscrita en la opacidad de los mecanismos de control.
La famosa frase —"he venido a la política para forrarme" de un politico de la derecha oficial— no fue una anomalía, sino un descuido de quien pensó que iba a ser secreto. Decía en voz alta lo que el sistema y la izquierda oficial permitían en voz baja.
Pero el problema no se agotaba en un sector de la sociedad. La izquierda, ya socialdemócrata, tampoco sostenía con firmeza sus postulados y principios. Su pasividad, su tendencia a mirar a otra parte, a ponerse de perfil, contribuyó a normalizar ese orden. Los medios de comunicación, por su parte silenciaban lo escandaloso y amplificaban lo irrelevante. De ese modo producían realidad más que la describían.
Así transcurrieron tres décadas de una normalidad anormal.
Han pasado 48 años desde aquella Transición tramposa. Y casi de repente, salgo del letargo en el que me sumió aquel panorama que empezó en 1978 y terminó en 2010. Despierto ante un gesto que, por contraste, revela algo inesperado: la negativa de un presidente del Gobierno a convertirse en cómplice de quien encarna, desde el poder, la lógica de dominación que desborda los marcos democráticos y se aproxima a formas de ejercicio del poder despótico y sin límites que creíamos superadas.
Ese gesto, más que un acto aislado, pone en evidencia la tensión entre dos racionalidades políticas: una que aún intenta sostener un mínimo de legalidad y otra que opera ya sin disimulo en el terreno de la excepción permanente, de la mentira sistemática, del desquiciamiento y caricatura de la politica internacional, y de la imposición de la arbirariedad.
Despierto también ante ciertos discursos periodísticos que comienzan a romper con la complacencia. Durante demasiado tiempo, el espacio público ha estado ocupado por figuras políticas y judiciales que, en demasiadas ocasiones, han carecido no solo de argumentos, sino de la dignidad mínima exigible para representar a la ciudadanía.
Este despertar no es ingenuo. Si algo enseña Foucault es que el poder no desaparece ni se redime: se desplaza, se adapta, se enmascara. Pero también que todo poder acaba generando oposición y resistencias.
Y romper el silencio ante el abuso, el desenfreno y el despotismo —aunque sea tarde— es una de ellas.
De ahora en adelante volveré a prestar atención a la política aunque Epicuro aconsejase a sus discípulos: ¡lejos de la política!