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La lectura de la historia y el historiador insurgente

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01.10.2026

Leer historia educa, informa, crea pensamiento, constituye un valioso instrumento para la búsqueda de la verdad, para develar los engaños, para descolonizarse del imperio, de una cultura dominante por más de 500 años, para encontrar y explicarnos nuestra identidad, lo que fuimos y somos, para poder construir un futuro diferente sin negar nuestras raíces. Es profundizar y reconocer nuestro origen, local, continental y mundial, como parte integradora de nuestro ser, como colectivo, como sociedad humana.

Leer nuestra historia es ir al encuentro de nuestra ancestralidad, de nuestras luchas como pueblo, como entidad social, desde nuestra comunidades aborígenes, que vivían en plena y absoluta libertad, luego sometidas, explotadas por la avaricia, el afán de lucro, la búsqueda de recursos naturales, de minerales, con el objetivo supremo para la acumulación de capitales europeos, en beneficio de la clase explotadora, en la época de la incipiente y creciente industrialización hasta nuestros días. He ahí el origen de la mayor desgracia continental para los pueblos de la Abya Yala, como originalmente se denominaba al continente americano.

Leer nuestra historia es encontrarnos con comunidades originarias sometidas, esclavizadas, maltratadas, torturadas de mil formas y maneras, por la superioridad militar, por el crimen organizado, con fundamento en los instrumentos de guerra más avanzados: la pólvora, los perros mastines, el desconocido y sorprendente caballo, los arcabuces, los blindados trajes que impedían la penetración de las flechas y por la Cruz, símbolo de la religión creadora de miedos y temores, rezos como instrumento para imponer la nueva fe y actos litúrgicos extraños y dominadores, justificadores del mayor genocidio de la humanidad, imponiendo un extraño y extranjero Dios, diferente y distante, gratificador y castigador, que a cambio de su aceptación, de su adoración y postración, de entrega a un nuevo culto, a nuevos mandamientos extraño al Dios sol, luna y lluvia, con quienes habían una comunicación franca, equilibrada, de esperanza y vida, borrado a fuerza de tortura y violencia e impuesto por la fuerza ante quien, ante su imperio y dominio no se discuten ni se desconoce y al no oponerse a lo fundamental, que es el un nuevo modelo social, cultural y político, a la nueva lengua, a las nuevas creencias, a la aceptacion del sufrir y la expoliación, entre pleitesías y adoraciones, rezos y oraciones, genuflexiones, látigos, esclavitud, pederastia, violaciones sexuales, incendio de comunidades enteras, repartimientos de tierras y encomiendas de indígenas, se ofrecía la salvación eterna, el cielo, donde encontrarian la paz eterna, la deseada tranquilidad, sosiego y armonía alejados de males y sufrimientos. Olvidando que el cielo está en la tierra. Fue el sometimiento al sacrificio y muerte de 90 millones de seres humanos en nombre de la eterna salvación. Que santidad tan contradictoria.

Leer nuestra historia es encontrarnos con las mil manera de mal morir, es enterarse que pacíficos pobladores son asesinados entre los dientes de salvajes perros, o atropellados por el pecho y las patas de los caballos o por las balas de desconocidas armas, o devorados por la llamas, hogueras "purificadoras de almas y espíritus", o por la horca, o por explotados pulmones sumergidos en la búsqueda de perlas.

Leer nuestra historia es encontrarnos con otros gritos de iguales, de sufridos y encadenados esclavos traídos de África, reducidos por gruesas cadenas y vendidos como mercancía, como cosas sin derechos, obligados a trabajar y servirle al esclavista, al amo, al conquistador y colonizador, al mantuano, al godo, al sin "alma", al sin creencias verdaderas, al que tiene como su verdadero y único Dios la acumulación de capitales, la propiedad sobre la tierra, y........

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