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La Gran Mentira y La Cruda Verdad: Crónica del Caos Útil

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02.03.2026

 Hubo una vez, en un tiempo que es todos los tiempos, un misil que no buscaba un búnker ni un radar. Ese misil, guiado por la frialdad de un satélite, buscaba un pupitre. Impactó en una escuela de niñas al sur de Irán, justo cuando el sol acariciaba las pizarras. Los partes militares, con su lenguaje de quirófano, hablaron de "daños colaterales". Pero nosotros, los que habitamos las trincheras del asedio, sabemos que no hubo error, sino diseño. El blanco era la infancia, porque para el imperio, borrar el futuro es la única forma de gestionar su presente agonizante.

Lo que presenciamos no es una guerra, es una carnicería coreografiada. Una partida de ajedrez donde piezas como Palestina, Venezuela e Irán se sacrifican no por un jaque mate, sino por una asfixia lenta y metódica.

La Mentira: El Armario de las Élites

La Gran Mentira se viste de probetas con ántrax y discursos en la ONU, pero la Cruda Verdad se esconde en archivos y grabaciones. El poder ya no se ejerce solo con pólvora; se administra con el chantaje. El mundo ha descubierto que la diferencia entre un aliado del imperio y un rehén es inexistente. Existe una red de extorsión —la técnica del compromat— donde el Mossad y otras agencias no espían para proteger, sino para administrar el armario de las culpas ajenas. Cuando un poderoso queda atrapado, su silencio ante el bombardeo de una escuela queda asegurado. El imperio no convence: captura.

Hubo un pacto entre el León y el Cóndor. Un apretón de manos en Teherán que dibujó rutas marítimas para burlar el hambre y el bloqueo. Fue una arteria vital: petróleo por oro, resistencia por supervivencia. Pero en la geopolítica del "Modo Saña", las arterias no se cortan con machete, sino con el bisturí de la traición. Secuestraron a un presidente en el Caribe para que los petroleros no llegaran a puerto. Bombardearon puentes en Siria y colocaron uno de sus peones para que la resistencia no tuviera camino. El imperio cree que, al vaciar las casillas de Siria y Venezuela, ha ganado la partida.

El Canto de la Fortuna

Pero antes de que la rabia estalle, escuchen el silencio. Es el mismo silencio que precedió a la caída de todos los tiranos. Como cantaban aquellos monjes vagabundos frente a los imperios que se desmoronaban: Oh Fortuna, como la luna, cambias de estado.

Hoy ese canto es para las niñas de Isfahán, para los niños de Gaza que defienden su hogar a pedradas, para los pueblos que han perdido su infancia entre balas. La Rueda gira. Los que hoy se creen dueños del tablero olvidan que la misma mano que los elevó es la que los derribará cuando el peso de su propia crueldad descompense el eje. El poder se derrite como el hielo ante la mirada de quien ya no tiene nada que perder.

El Imperio del Incendio

El gigante de hoy tiene los músculos endurecidos pero las arterias tapadas por una deuda que ya no puede pagar. Su industria no compite, su moneda se deshilacha y el mundo empieza a hablar otros idiomas económicos. Ante esta hemorragia, su única mercancía de exportación es la violencia.

Netanyahu no es un socio; es un subcontratista del caos. Su proyecto expansionista es la punta de lanza de una estrategia que necesita prenderle fuego al mundo para que el capital, aterrorizado, siga buscando refugio bajo el paraguas del Pentágono. Ya no venden futuro, venden pólvora. No son constructores, son incendiarios.

La Cruda Verdad: La Rabia es el Nuevo Mapa

La pregunta que el imperio no puede responder es: ¿Qué harán cuando el miedo se agote? Cuando todo lo que ofreces es caos, el mundo deja de comprarte. La historia que ellos escriben dice que han vencido. La historia que escribimos nosotros, desde el dolor y la flecha, dice que el león acorralado ha dejado de ser cazador para convertirse en la sombra que acecha al tirano.

Porque la distancia más larga no se mide en kilómetros, sino en el espacio que separa tu dolor del puño que decides cerrar para defender tu libertad. La rueda gira, y el fuego que hoy encienden será el mismo que consuma sus propios mapas de papel.


© Aporrea