La soberanía secuestrada: Rousseau y el drama venezolano

Soberanía, cálculo infinitesimal y la negociación con el lobo

Cuando Francisco Ameliach describe la situación post-3 de enero como una "negociación asimétrica" con secuestradores que poseen armas nucleares, acierta en el diagnóstico de la asimetría. Pero hay una pregunta más profunda que su artículo elude: ¿quién es el verdadero titular de esa soberanía que hoy vemos ultrajada?

Jean-Jacques Rousseau lo dijo con claridad en El contrato social: la soberanía es la expresión de la voluntad general, reside en el pueblo, es inalienable e indivisible. El gobernante no es el soberano, es solo un comisionado, un empleado de ese pueblo soberano.

Esta distinción es la clave para entender la tragedia venezolana. Porque si la soberanía reside en el pueblo, entonces un gobierno que sistemáticamente durante la última década ha ignorado la voluntad popular, que ha perseguido a quienes piensan distinto, que ha vaciado de contenido el derecho al voto, que ha sido señalado de cometer crímenes de todo tipo, no puede reclamar el manto sagrado de la soberanía para defenderse del imperio.

La paradoja es brutal: el mismo gobierno que durante años vulneró la soberanía popular es el que hoy exige respeto a la soberanía internacional. Es el secuestrador de la voluntad general pidiendo auxilio porque otro secuestrador, más fuerte, lo tiene agarrado del cuello.

La metáfora del cálculo infinitesimal: la entrega en cuotas

Lo que estamos presenciando después del 3 de enero no es una gran claudicación que pueda ser señalada como "traición". Sería más sencillo si así fuera: habría un momento, una firma, y podríamos decir "aquí se perdió la soberanía". Pero no. Lo que tenemos es mucho más sutil, mucho más difícil de combatir, y por eso mismo mucho más efectivo para quien quiere despojarnos de ella.

Tenemos entregas infinitesimales.

Imaginemos la soberanía popular como una reserva de agua. Cada decisión "pragmática" del gobierno de Delcy Rodríguez, cada concesión presentada como inevitable, es un pequeño balde que se vacía. Tan pequeño que parece no importar. Pero el problema es que los baldes se suceden sin pausa.

Veamos cómo funciona esto en la realidad que estamos viviendo:

Primero se acepta que las negociaciones se realicen en territorio estadounidense, bajo "medidas de seguridad" que ellos controlan. "Es solo logística", dicen. Pero cada vez que el gobierno venezolano negocia en una base militar gringa, está aceptando simbólicamente quién manda.

Luego se acepta que "observadores internacionales" tengan acceso a las cuentas de Pdvsa para "garantizar transparencia". El control del petróleo es soberanía pura. Otro balde.

Después se acepta que sectores de la economía sean administrados por técnicos propuestos por Washington. "Son solo tecnócratas", dicen. Otro balde.

Más tarde se acepta que las fuerzas armadas se coordinen con el Comando Sur para "evitar incidentes". Otro balde.

Cada una de estas decisiones, presentadas como fruto del "pragmatismo" y la "flexibilidad táctica" que Ameliach elogia, es una entrega tan pequeña que resulta difícil oponerse sin parecer extremista. "¿Vas a oponerte a medidas que evitan un bombardeo?", preguntan.

Y aquí viene la lección: la suma de muchas entregas pequeñas puede terminar vaciando la reserva por completo. El pueblo amanece un día y descubre que ya no decide nada, que todo lo importante está en manos de técnicos extranjeros, que el petróleo se administra desde Houston, que las fuerzas armadas coordinan con el Pentágono. Y lo más perverso: nadie puede señalar un momento exacto de la capitulación. No hubo un "acta de rendición". Hubo cien pequeñas reuniones, doscientos memorandos, quinientas cláusulas técnicas. Hubo "pragmatismo".

Ameliach habla de "negociación asimétrica" y tiene razón. Pero lo que no dice es que la asimetría también es temporal. El imperio puede permitirse esperar, puede permitirse dosificar las concesiones, puede permitirse que la entrega sea en cuotas. Sabe que el tiempo juega a su favor. Sabe que la acumulación terminará por vaciar la soberanía sin necesidad de un gran acto fundacional.

El "pragmatismo chavista" que Ameliach celebra es, visto así, el vehículo perfecto para la entrega. Porque permite presentar como victoria táctica lo que estratégicamente es derrota. Permite celebrar que "evitamos lo peor" mientras lo peor se instala por goteo.

Y la pregunta que Rousseau nos obliga a hacernos es: ¿ha sido consultada la voluntad general sobre estas decisiones? ¿Se ha preguntado al pueblo venezolano si acepta que el petróleo se administre desde afuera? ¿Si acepta la coordinación militar con quienes nos bombardearon? ¿Si acepta que técnicos extranjeros decidan sobre nuestra economía?

La respuesta es obvia: no. Las decisiones se toman en la cumbre, se explican después, se justifican con la emergencia. Y así, entrega tras entrega, la soberanía popular sigue secuestrada. Ahora no solo por el imperio, sino también por un gobierno que, en nombre de la supervivencia, administra la entrega sin preguntar.

La pendiente de la caída

Lo preocupante no es solo que haya entregas, sino que la tendencia se mantiene. Semana tras semana, mes tras mes, un nuevo "acuerdo técnico", una nueva concesión presentada como inevitable. La pendiente de la caída sigue siendo negativa. Lento, casi imperceptible, pero constante.

Y el elogio al "pragmatismo" de Delcy Rodríguez funciona como anestésico: nos impide ver hacia dónde vamos. Porque si la tendencia continúa, el límite es claro: soberanía popular cero. Pueblo convertido en espectador de su propio destino, gobernado desde afuera por decisiones técnicas que ni siquiera entiende.

Eso es lo que está en juego. No si Maduro vuelve o no. No si las fotos de la negociación muestran sonrisas o seriedad. Lo que está en juego es si el pueblo venezolano recuperará algún día la capacidad de decidir sobre lo suyo.

La voluntad general como horizonte

El artículo de Ameliach tiene el mérito de nombrar la tragedia: estamos negociando con quienes nos tienen secuestrado al Presidente. Pero silencia cómo se está negociando, a costa de qué, y sobre todo, a espaldas de quién.

Porque el "pragmatismo" que él celebra es, visto con ojos rousseaunianos, la continuación de la misma lógica que nos trajo hasta aquí: la de una élite que decide por todos, que negocia por todos, que hipoteca el futuro de todos, invocando siempre la emergencia, la amenaza externa, la necesidad de unidad.

El gobierno de Delcy Rodríguez hace lo que cualquier gobierno haría en una situación límite: tratar de que el ahogado no sea el pueblo. Eso merece apoyo nacional.

Pero el apoyo no excluye la lucidez. Y la lucidez exige nombrar las cosas por su nombre: cada pequeña entrega que se hace sin consultar al pueblo es una nueva herida a la soberanía popular. Cada decisión técnica que se toma en Washington y se implementa en Caracas sin debate público es una nueva negación de la voluntad general.

La metáfora del cálculo nos enseña que las tendencias pueden revertirse. Pero para eso hace falta que el pueblo recupere la palabra, que las grandes decisiones se discutan, que la voluntad general vuelva a ser consultada. No desde la emergencia, no desde la amenaza, sino desde la convicción de que la soberanía no se delega, no se administra, no se negocia a espaldas de su titular.


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