El declive de Estados Unidos II
Las enormes adversidades que afronta Estados Unidos son vistas en los principales círculos del poder como contratiempos pasajeros. No reconocen el declive, ni tampoco el rechazo externo al belicismo norteamericano o la pérdida de incidencia geopolítica del país. Esa negación es conceptualizada con argumentos disímiles por los autores liberales y neoconservadores, que cierran los ojos frente a los contundentes indicios de esa regresión.
El declive es en cambio avizorado por los teóricos del realismo, que registran la evidencia de la caída y por analistas del liberalismo crítico, que observan un retroceso relativo causado por desaciertos de la política exterior o por deformaciones en la gestión interna. Esta amplia gama de opiniones influye de manera muy variable, sobre las corrientes políticas que disputan primacía en la elite gobernante.
EL NEGACIONISMO LIBERAL
Lo teóricos liberales suelen reflotar los mitos de la identidad estadounidense, para justificar su postura antideclinista. Algunos estiman que el país sigue siendo el principal referente internacional de un orden global de convivencia y progreso. Estiman que el tradicional rol norteamericano de "ciudadano prominente" de ese sistema, tiende a perdurar por el excepcional legado que concentra la primera potencia (Ikenberry, 2018).
Con más recato que en el pasado, este diagnóstico recrea la vieja idealización de Estados Unidos, como una potencia singular que despierta admiración, respeto o envidia del resto del mundo. Esa visión omite todos los indicios de pérdida de esa centralidad y continúa enalteciendo al país, como un caso excepcional que lo exime de los infortunios afrontados por otros imperios.
Esa mirada olvida que todas las potencias proclamaron su invariable supremacía, alegando inimitables singularidades. Los ingleses exaltaban su origen aristocrático, los franceses su liderazgo cultural y los alemanes su capacidad organizativa. Todos aludían a virtudes de su identidad nacional, que los glorificadores de Estados Unidos suponen exclusiva.
El "destino manifiesto" en que se asienta esa ponderación se nutrió de alegatos de primacía anglosajona, frente a los aborígenes exterminados, los negros esclavizados y los latinos explotados. La apropiación de la denominación "América" tan solo para Estados Unidos, supuso de entrada una descalificación del resto del continente. Esa desvalorización se acentuó con la identificación de la prosperidad, el bienestar o el padrinazgo con el Norte y el subdesarrollo, la corrupción o la incapacidad para autogobernarse con América Latina.
Pero esa contraposición ha quedado erosionada por el declive del imperio. "América" persiste como sinónimo corriente de Estados Unidos, pero sin la carga de elogio, admiración o reverencia del pasado.
Muchos liberales desechan ese distanciamiento, señalando que Estados Unidos conserva grandes capacidades para recrear su preeminencia internacional. Afirman que el declive es una falsa percepción, alimentada por cuestionamientos internos, heridas autoinfligidas o malestares en el humor de su población. Atribuyen las tesis decadentistas a esa mutable psicología de los propios ciudadanos del país (Nye, 2024a). Pero esos registros no son volubles impresiones, ni cambiantes sensaciones, sino capturas reales de las transformaciones que afronta Estados Unidos. El ocaso del sueño americano se verifica en el acentuado deterioro del nivel de vida de la población, que ilustran los indicadores de ingresos, salud, educación, esperanza de vida o movilidad social. El número de personas encarceladas, los decesos por armas de fuego y las quiebras familiares por endeudamiento confirman ese diagnóstico. El alicaído estado de ánimo refleja los dramas de una sociedad fracturada, violenta y desigual.
La mirada convencional ignora o menosprecia estas evidencias, porque identifica a Estados Unidos con la auto confianza y la consiguiente capacidad para sobreponerse a cualquier malestar (Nye, 2024b). Pero no se entiende por qué razón esa cualidad sería tan exclusiva de esa nación. La historia del siglo XX indica que un gran número de países han logrado superar situaciones más traumáticas, que las padecidas por Estados Unidos. Ese país siempre libró guerras fuera de sus fronteras y nunca tuvo que lidiar con la tragedia de las invasiones, que por ejemplo sufrieron Rusia o China.
El antideclinismo liberal postula que Estados Unidos encarna los valores universales del liberalismo y tiende a exportar esos ideales al resto del mundo. Sería el portador de la democracia a todos los rincones del planeta y esa promoción de la civilización lo diferenciaría de otros imperios (Ikenberry, 2024).
Pero esa autoasignación de virtudes educativas oculta la hipocresía de una potencia, que utiliza estandartes altruistas para justificar incursiones brutales. Esos operativos invocan los derechos humanos, la justicia, la contención de enemigos impiadosos o el auxilio de poblaciones afectadas, cuando en los hechos simplemente apuntalan los negocios de los capitalistas. Con alabanzas a la concordia y la cooperación, consuman matanzas para favorecer a la elite de enriquecidos que comanda al país. Además, Washington siempre emitió mensajes salvadores para edulcorar intervenciones, que invariablemente empeoran los escenarios a enmendar.
El imperialismo norteamericano ha ejercido desde la mitad del siglo XX un control militar del planeta, a través de un sistema de bases militares que sustituyó al dispositivo colonial europeo. Asentó su predominio en un coercitivo mecanismo, ubicado en las antípodas de cualquier cooperación.
La duplicidad liberal oculta ese basamento, recreando los engaños de respeto a la soberanía ajena. Esa tolerancia siempre tuvo un alcance limitado para los socios o vasallos y fue directamente nula para los adversarios o desafiantes. El liberalismo persiste como el principal transmisor de las falacias estadounidenses y por eso desconoce el descreimiento que actualmente suscitan esas falacias.
EL MITO DEL PODER BLANDO
Cada tanto, los teóricos liberales reconocen el declive de Estados Unidos, pero asignándole una escala acotada. Destacan que su país conserva ventajas de geografía (rodeado por océanos), moneda (primacía del dólar), demografía (renovación de la fuerza laboral) y tecnología (especialmente digital) (Nye, 2024a).
Pero desconocen las nuevas adversidades en esos campos e ignoran la limitada relevancia de esas áreas, en comparación al desmoronamiento industrial y la baja productividad de la economía estadounidense.
Las miradas condescendientes suelen considerar que Estados Unidos vencerá a China por atributos de larga data. Con anteojeras eurocentristas, no registran que el desafiante asiático está conquistando, uno tras otro, todos los podios en disputa. La férrea defensa que exhibe Beijing del libre comercio, contra el renacido proteccionismo de Washington, trasparenta quién detenta la mayor competitividad.
Pasando por alto estos cruciales basamentos económicos, el antideclinismo liberal proclama que Estados Unidos vencerá, por el poder blando de atracción que mantiene frente a un rival carente de esa cualidad (Nye, 2024a). Destacan la enorme capacidad de persuasión que conserva la potencia dominante, para que otros hagan lo que ella anhela. Estiman que Estados Unidos puede recrear y actualizar esa modalidad de poder para perpetuar su primacía.
Pero esa enorme influencia ideológica, cultural y política no deriva de los valores universales, que el liberalismo remarca e idealiza, sino de la pujanza que exhibió el capitalismo yanqui en el pasado. En ese vigor económico y productivo se asentó el americanismo, como ideología exaltadora del capitalismo en estado puro.
Los mensajes de contractualismo espontáneo, conveniencias de la desigualdad social y méritos de la privatización ilimitada -que tradicionalmente difundió Estados Unidos- atrajeron la admiración de las clases dominantes de todo el mundo. Todas quedaron fascinadas por la adulación de la empresa, como un campo de cristalización del talento, que despliega el espíritu aventurero de los inversores y la creatividad de los gerentes.
Ese elogio de la firma fue complementado con la veneración del individualismo, como virtud suprema de la personalidad y la exaltación de la acumulación, como una larga travesía de capitalistas heroicos. El poder blando de Estados Unidos se afianzó por la internacionalización de esa ideología, que reverencia al capitalismo en forma irrestricta.
La posguerra fue edad de oro de ese americanismo, que logró una sobrevida adicional bajo el neoliberalismo. Pero esa ideología actualmente pierde atractivo, en estricta correspondencia con el declive su inspirador. Estados Unidos ya no es visto como un exportador de bienestar, sino como artífice de tremendos procesos destructivos y su poder blando no resucitará por simple nostalgia de un contexto ideológico que ha desaparecido.
El ensalzamiento general del capitalismo persiste, fue revitalizado por el neoliberalismo y alcanzó un nuevo cenit con la ultraderecha, pero ha perdido su asociación con la superioridad o primacía de Estados Unidos. La celebración del mercado y las expectativas de rápido ascenso social, ya no son sinónimo del sueño americano.
El liberalismo desconoce ese cambio cualitativo, imaginando que Estados Unidos persiste como una sociedad innovadora y potente, capaz de proyectar su poder sobre el resto del planeta por el dominio ideológico que forjó en el pasado.
Pero esa mirada sobrevalora la capacidad que mantienen las mercancías culturales, los consumos mediáticos y los controles de las redes sociales, para sostener esa influencia. No alcanza con la consolidación del inglés como lengua franca, o con la cooptación educativa de las distintas elites del mundo por los centros académicos norteamericanos. El poder blando opera sobre esas aristas, pero no puede recrearse y pierde efectividad, por el gran retroceso que sufren los basamentos productivos de ese mando.
El liberalismo comparte el diagnóstico globalista, que presenta la regresión estadounidense como un episodio coyuntural, derivado de la alocada gestión de Trump. Supone que, una vez reconstruida la institucionalidad mundial quebrantada por el magnate, Estados Unidos recuperará su autoridad moral y su preponderancia ideológica (Nye, 2024a). Imagina que tan solo bastará con reconstruir las alianzas multilaterales del pasado, para recuperar el mando yanqui de Occidente, resucitando la influencia de Washington que Trump degradó hasta un piso nunca visto (Ikenberry, 2024).
Pero el deterioro de esos atributos precedió a Trump y se consumó bajo la gestión de sus antecesores liberales y globalistas. Del fracaso de esas administraciones emergió el magnate y sus fallidos han confirmado, que el declive del poder blando, no obedece tan solo a la prepotencia despectiva del magnate. Fue el desplome de la globalización neoliberal, lo que potenció la erosión de esa fuerza. La confianza liberal en que Estados Unidos puede sobreponerse a sus desventuras -y recuperar hegemonía por su gran capacidad de adaptación a las........
