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¿América Latina es la excepción?

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02.07.2026

Trump refuerza el control imperial de América Latina, en contraste con las adversidades, derrotas y fracasos que afronta en el resto del mundo y en su propio país. Trata a esa región como pertenencia propia y como reaseguro de todas sus incursiones.

Desde el comienzo de su segundo mandato explicitó su intención de imponer una dominación cuasi colonial del "Patio Trasero". Pasó del trato despectivo a una política exterior pendenciera de tutelajes.

El magnate enuncia su intención de recuperar el Canal de Panamá, rebautizar el Golfo de México, hacer lo que quiera con Cuba y manejar a su gusto a Venezuela. Reformula la Doctrina Monroe con su propio nombre (Donroe), retomando el corolario que introdujo Teodoro Roosevelt para ejercer un poder de policía en la región.

El espíritu de esta nueva cruzada está a la vista en la Estrategia de Seguridad Nacional (ESN), que orienta la gestión de Trump asignando a Latinoamérica un lugar más subordinado y dependiente que nunca. Ese documento sepulta los conceptos de "valores compartidos, cooperación y soberanía formal", que utilizaba la diplomacia yanqui para encubrir su dominio. Ese lenguaje hipócrita y cordial ha quedado reemplazado por mensajes de explícito sometimiento (Malacalza, 2026).

El viraje actual puede ser interpretado como un retorno a la tradición imperial pura, que incluye el cobijo de Estados Unidos en el hemisferio, para reinventarse en los momentos de crisis (Wood, 2026). Muchas lecturas resaltan ese repliegue hacia el territorio próximo.

Pero una mirada más completa, permite notar que Trump no es aislacionista y no pretende encerrar a la primera potencia en su restringida área de influencia. Busca exhibir la dominación de América Latina como un trofeo y un trampolín para reconquistar supremacía mundial (Fazio, 2025). Como señaló uno de los principales consejeros del establishment yanqui (Mearsheimer), el Departamento de Estado necesita subrayar ese control para proyectar poder sobre el resto del mundo (Anzelini, 2026).

Esa preeminencia refuta definitivamente la creencia que Estados Unidos puede prescindir de América Latina. Lejos de ocupar un lugar marginal, esa zona es un laboratorio del proyecto mundial de Trump.

VERTIGINOSA MILITARIZACIÓN

La militarización es el principal instrumento de Estados Unidos para intentar su plena recaptura de la región. El secretario de Guerra, Pete Hegseth, lo expuso en un detallado plan para forjar una "Gran Norteamérica", creando un "perímetro de seguridad inmediata" con los países del Norte del hemisferio y otra zona de Sur de retaguardia (Marino, 2026). Este segundo sector debería compartir los gastos del vasallaje, con el mismo criterio que se le exige Europa el financiamiento de la OTAN, para acentuar su sumisión

El proyecto ha sido elaborado en espejo ideológico con el "Gran Israel", recurriendo a las mismas justificaciones bíblicas, que asignan a los dos países un mandato divino de expansión. La misión que encarna el sionismo en Medio Oriente debería cumplirla Estados Unidos en su hemisferio, destruyendo la integración latinoamericana auspiciada por la CELAC y UNASUR.

Trump comenzó a implementar este programa de militarización con la creación del "Escudo de las Américas", en una conferencia en Miami, que reunió a todos sus servidores. Especialmente Ecuador, Argentina, Perú, Paraguay y El Salvador aprobaron multiplicar las bases militares del Pentágono y los operativos conjuntos con los marines.

El pretexto del narcotráfico -utilizado para ampliar ese intervencionismo- ya no engaña a nadie. El consumo masivo de estupefacientes es una desventura que Estados Unidos traspasa al Sur, para rehuir soluciones internas a ese flagelo. La DEA, la CIA y el FBI confrontan o negocian en el exterior con las mafias, potenciando una incontenible espiral de violencia. Toleran especialmente el tráfico de armas, que fluye en forma impune desde Arizona, Texas y Florida multiplicando todas las sangrías.

En las últimas décadas de neoliberalismo, Washington incentivó la narco-criminalidad, sustrayendo los recursos que los Estados necesitan para combatir esa delincuencia. La plaga que exportó Estados Unidos ha pulverizado un país tras otro. Desgarró primero a Bolivia, Perú y Colombia, ensangrentó posteriormente a México y está demoliendo en los últimos años a Ecuador. Trump revive la retórica de los años 80 y 90 para actuar con impunidad, pero no puede explicar por qué indultó al ex presidente de Honduras condenado por narcotráfico.

La excusa de los carteles no es nueva, pero ahora se generaliza el calificativo de terroristas para perpetrar asesinatos a mansalva en el Caribe. Trump ordena ultimar individuos acusados de narcotráfico, sin mostrar pruebas, ni atenerse a reglas mínimas del derecho internacional. Ha extendido al territorio venezolano esas ejecuciones extrajudiciales y pretende implementarlas en México, para generalizar el método israelí de asesinar personas en cualquier parte del mundo.

El magnate efectiviza esa militarización sin arriesgar tropas y eludiendo las clásicas invasiones del Pentágono. No quiere repetir las intervenciones de la era Reagan o Bush y hasta ahora actúa como un bravucón que amenaza y se retira. Pero es muy voluble las presiones de los halcones y su conducta es impredecible.

SERVIDORES DE LA DEPREDACIÓN

La andanada de Trump está muy atada a la red de servidores ultraderechistas, que capturaron muchos gobiernos de la región. Cada uno de esos súbditos le aporta al magnate la ofrenda que exige su mandante. Todos han asumido como propio el lema de "Estados Unidos primero", como si formaran parte de esa Unión.

Las diferencias de estilo entre el conservadurismo tradicional de Kast, el libertarianismo escandaloso de Mieli o los exabruptos punitivistas de Bukele son datos anecdóticos. Todos operan como lacayos del Departamento de Estado y Washington se encarga de asegurar el liderazgo de esos mandatarios, mediante una inédita interferencia en los procesos electorales.

Esa injerencia se consuma a través del apoyo a los candidatos preferidos, enterrando cualquier resabio de diplomacia o soberanía. La preferencia declarativa es seguida por el chantaje económico y la instalación de un pánico financiero preelectoral (Argentina, Honduras), con amenazas de intervención (Colombia) o presiones arancelarias (Brasil) (Colussi, 2026). También se ha generalizado la financiación a sus criados desde Miami y la manipulación de los votos en el exterior en las elecciones reñidas (Perú).

En todos casos, las embajadas de Estados Unidos han establecidos sólidos vínculos con los jueces de cada país, para continuar el lawfare absolviendo a sus socios derechistas (Uribe, Fujimori) y penalizando a los políticos que no se disciplinan al Departamento de Estado (Arce, Castillo, Cristina Kirchner). Las causas de corrupción son manipuladas para eximir a los sirvientes de Washington y castigar a los rebeldes.

Todos los personajes del trumpismo latinoamericano convalidan las órdenes que emite su amo y están embarcados en demoler las conquistas democráticas conseguidas en las últimas décadas. Pretenden criminalizar las protestas populares y someter a los opositores para anular los logros del progresismo.

Están pulverizando un derecho tras otro, para que la fachada de los regímenes constitucionales subsista, sin ningún contenido democrático real. Algunos utilizan el término "pos democracia" para tipificar a este nuevo sistema de descarnada tiranía de los poderosos (Lantos, 2025).

La persecución de los inmigrantes es una prioridad fijada por Trump y acatada por sus subalternos. Bukele ofrece el espantoso sistema penitenciario de El Salvador, cómo depósito para los deportados desde Estados Unidos, que se han duplicado en el curso de este año. También Nasry Asfura de Honduras y Laura Fernández de Costa Rica han suscripto varios acuerdos para receptar ese aluvión.

Los indocumentados son maltratados como delincuentes, para encubrir su condición de víctimas de la depredación imperial. Conforman una masa de empobrecidos, que pierden sus fuentes de trabajo por los saqueos que perpetran los capitalistas del Norte. Esa confiscación masifica la emigración, como consecuencia de la desintegración padecida por muchas zonas de América Latina.

En ciertos lugares de Ecuador, Colombia o México, la presencia efectiva del Estado ha desparecido y Haití ofrece el ejemplo más desgarrador de un derrumbe total de la sociedad. Se ha convertido en el prototipo de un país pulverizado por ese latrocinio y genera la desesperada huida al exterior de los emigrados, que posteriormente penalizan Trump y sus criados de la ultraderecha.

ARREMETIDA IRRESUELTA CONTRA CHINA

El Monroísmo que ensalza Trump fue históricamente concebido contra los rivales europeos y posteriormente aplicado contra la influencia de la URSS. Ahora resurge contra la avasalladora presencia económica de China. El magnate busca frenar la impetuosa expansión comercial, inversora y financiera de su gran rival, en países y que considera propios (Katz, 2024a: 59-80).

Las evidencias del desembarco asiático son impactantes. Despliega en la región la misma estrategia que implementa en otras zonas periféricas y contrapone a las tradicionales condicionalidades de Estados Unidos, una catarata de créditos e inversiones. En lugar de registrar ese contrapunto, Trump escala la conocida agresividad del imperialismo........

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