Tanto cambio, ¿para qué?

Los cambios en el gabinete siempre llegan con ese olor a pintura fresca que intenta tapar la humedad en las paredes. Uno mira el brochazo y dice “ah, qué bonito”, pero basta que llueva un poquito para que la mancha vuelva a asomar, como quien dice “no te emociones, que aquí sigo yo”. Y en ese teatro de brochas y goteras, el gobernante de turno mueve ministros y presidentes de empresas estatales como si fueran muebles: este sillón para acá, aquella lámpara para allá, y de pronto la casa parece otra… aunque la estructura siga crujiendo igualito.

Porque, seamos francos, ningún presidente —ni los de antes, ni la de ahora, ni los que vendrán— cambia un gabinete por puro espíritu primaveral. No es que amanece un día y dice “qué ganas de renovar energías”. No. Esto es más parecido a cuando uno reorganiza la cocina para que nadie más encuentre nada: un acto de poder doméstico, casi íntimo, que dice “aquí mando yo, y si no te gusta, te me sales del fogón”.

Y claro, desde afuera uno se pregunta: ¿esto es para gobernar mejor o para quedarse con el partido político como........

© Analítica