El abismo se abrió de verdad
No se puede separar la política de las políticas públicas. Es una ilusión peligrosa, como creer que una casa puede sostenerse sin columnas solo porque la pintura está fresca. La política marca el rumbo, pero las políticas públicas son el camino, el asfalto, los puentes, los drenajes, los hospitales, los protocolos. Cuando una existe sin las otras, lo que se obtiene no es un país: es un espejismo. Y cuando la tierra tiembla, el espejismo se disuelve y queda a la vista la verdad desnuda.
El terremoto en Venezuela no sólo sacudió edificios: sacudió la mentira. La naturaleza hizo en segundos lo que la crítica, la academia y la ciudadanía no lograron en décadas: mostrar que el Estado estaba hueco. La tierra se movió, sí, pero lo que se vino abajo no fue obra exclusiva del sismo; fue el resultado de años de negligencia, improvisación y corrupción. Mucha épica, nula ingeniería. Mucho discurso, cero mantenimiento. Mucha consigna, ninguna prevención. El país no colapsó por un temblor: colapsó porque llevaba 27 años siendo desmantelado pieza por pieza.
El fracaso del régimen bolivariano quedó expuesto sin anestesia. Hoy lo administra una presidente encargada que ha demostrado su incapacidad tanto en la calma como en la tormenta. Pero sería injusto atribuirle todo el desastre a ella sola. Ella es apenas la heredera de un modelo que convirtió la incompetencia en método y la corrupción en sistema. Veintisiete años de sustituir técnicos por militantes, instituciones por lealtades, planificación por propaganda. Veintisiete años de confundir política con........
