Nicaragua, el dorado chino |
Cuando en octubre de 1979 la revolución triunfante nacionalizó las minas en Nicaragua, el decreto se anunció en Siuna, un poblado de la región del Caribe, delante de una asamblea de mineros misquitos, sumos, creoles y emigrados de la costa del Pacífico, que salieron de las galerías para congregarse en el viejo cine del pueblo. En Siuna, parte del llamado triángulo minero junto con Rosita y Bonanza, funcionaba uno de los planteles más grandes, en manos de la Rosario Mining Company.
Las empresas mineras gozaban bajo la dictadura de Somoza del estatus de enclave que también tenían las bananeras en Centroamérica, situadas por encima de la precaria soberanía nacional, y funcionaban en base a la explotación más inicua, y a la corrupción. En los archivos de la Rosario Mining se hallaron dos expedientes que demostraban la vileza inhumana del negocio del oro:
El récord de trabajo de José Villarreina, un minero misquito muerto de manera instantánea por el golpe de un balde transportador de broza al “sacar la cabeza por donde pasa el balde sin antes asegurarse que el balde estaba estacionado”. Ya muerto, la empresa le envió una carta de despido:
“Rosita, 13 de julio de 1979. Señor José Villarreina, Presente: De conformidad con (el) (los) inciso (s) # 4, art. 115 (del) (de los)........