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Los rostros de la fe VIII

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08.03.2026

El paralítico de BetesdaJuan 5:1-15.

Jerusalén estaba llena de movimiento, los judíos celebraban una de sus fiestas. Pero en Betesda reinaba la inmovilidad. Bajo los cinco pórticos se acumulaban cuerpos incapacitados y esperanzas suspendidas. A pesar de que ese nombre significa en hebreo misericordia, allí reinaba la impiedad. Aquel hombre no recordaba una vida sin camilla. Treinta y ocho años no son una circunstancia; son una identidad. Y la misericordia aún no lo había alcanzado. Había aprendido a sobrevivir en la espera. Jesús se acercó a él y no le ofreció meterlo en el agua. Antes le dijo: — ¿Quieres ser sano? Durante años había esperado el movimiento externo de las aguas, pero jamás había considerado el mover interno de su alma hacia Dios. Su respuesta ante Jesús no fue fe, fue excusa y lamento. No obstante, la gracia no se detuvo ante su debilidad; porque Dios nos busca, nos llama y nos persigue hasta el fin del mundo para atraer nuestra alma hacia Él. 

Cuántas veces en nuestra vida Dios se acerca para despertar nuestra fe y nos pregunta: — ¿Quieres ser sano? Sin embargo, ante esa pregunta espiritual, nuestra respuesta sigue siendo limitada por nuestra visión terrenal. Aquel día de sanidad el paralítico de Betesda comprobó que la misericordia no estaba en las aguas del estanque, sino caminando entre los pórticos. 38 años de resignación habían doblegado su corazón; el dolor era su zona de confort. Sin embargo, solo tres verbos........

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