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Los rostros de la fe: El centurión romano

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01.02.2026

Era una tarde calurosa, Jesús junto a sus discípulos entró a Capernaum, una ciudad conocida, transitada, habituada a su presencia. Al igual que las veces anteriores, una multitud se agolpó a su alrededor, muchos demandaban su atención, otros estaban curiosos de lo que haría ese día; cada vez que Jesús había estado en Capernaum habían sido testigos de su bondad y sus prodigios. Sin duda alguna, la escena central de aquella tarde fue la presencia del centurión romano que se acercó a Jesús. Cuando lo vieron, muchos temieron y retrocedieron; allí estaba, como todo ser humano, aquel hombre extranjero, parte del poder opresor, pidiendo la ayuda de Jesús. No obstante, esta vez fue diferente, desde la lógica humana, el centurión no lucía como un hombre de fe, no había traído ningún enfermo, tampoco él parecía enfermo; pero, allí estaba, hablando con Jesús. ¡Y Jesús estaba maravillado!

Algunos de sus discípulos escucharon al centurión diciéndole: “Señor, mi criado está postrado en casa, paralítico, gravemente atormentado. Y Jesús le contestó: Yo iré y le sanaré.” San Mateo 8:6-7. Jesús estaba dispuesto a ir y sanar al siervo del centurión. Pero el centurión cambió el curso de este evento. En cambio, aquella tarde Jesús experimentó una de las expresiones de fe más contundente que jamás había experimentado. Acto seguido, respondió el centurión y dijo: “Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di la palabra, y mi criado sanará. Porque también yo soy hombre bajo autoridad, y tengo bajo mis órdenes soldados; y digo a este: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace.” San Mateo 8:8-9.

Por una parte, el centurión habló su verdad con humildad a Jesús:_No soy digno. La inequívoca razón de quién conoce sus errores y sabe con certeza que no merece la visita........

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