Soltera en la ciudad de la furia: Acá no hay bombas, acá hay talento
Cierre de último inning. Palencia se prepara para el disparo definitivo: “1 bola y 2 strikes” es el conteo para el bateador estadounidense Roman Anthony. El silencio es absoluto, los corazones de una nación latiendo bajo un mismo pulso, miles de televisores encendidos de punta a punta en los 912.050 km² del territorio nacional venezolano. El pitcher cerrador se detiene en ese segundo suspendido del windup, ese característico ritual de lanzamiento. Y entonces ocurre: una recta de 99.7 millas por hora atraviesa el plato. ¡Ponche! Se acabó el juego. Pero, en realidad, algo empieza, el inicio de un histórico momento.
Daniel Palencia abre los brazos, mira al cielo y agradece. En ese instante, el line up completo corre al campo. Mientras tanto, a miles de kilómetros de distancia, en la ciudad de Caracas se escucha un solo grito: “¡Ganamos!, ¡ganamos!”. El estruendo es potente, ensordecedor. La urbe se convierte en una fiesta de algarabía y entusiasmo. En la tasca en la que estamos yo abrazo a R., —“lo logramos”— le suelto. Nos hemos sentado juntas los últimos dos días a ver el juego. Luego me lanzo a los brazos de J., mi mejor amigo, y le digo: “Otro momento histórico vivido, pero este sí es de los buenos”, “Al fin, amiga… lo que nos merecemos”. La magia ha despertado. La ciudad está encendida. Cornetas, motos, tambores. La felicidad de este pueblo es absoluta, genuina. Muy dentro de mí, hay ganas de llorar.
Pienso entonces en el 03 de enero. En esa madrugada que quedará registrada para la historia como una de las más sombrías de nuestro país, amanecer entre la oscuridad a punta de bombas y sentir el corazón querer salirse por la boca en medio de la incertidumbre, fue una sensación que, a dos meses del suceso, sigue instalada en los huesos. Pienso también en la vida, en su extraña manera de reivindicar a los pueblos, marginados y desfavorecidos. Venezuela no es un país de guerra. Somos familia, somos hermanos, somos echadores de vaina, somos resiliencia. Y quizá, la única forma que teníamos de reivindicar nuestra tierra —de sacarnos esa espina clavada— era esta: jugando béisbol, con talento, dignidad y sin violencia, como lo sabemos hacer. Ese equipo lleno de amor e identidad que nos representa se parece mucho a nuestras raíces: sabaneros, yaracuyanos, valencianos, caraqueños, gochos. El deporte tiene un sentido político; hablamos de diversión, sí, de talento también; pero detrás de cada equipo, de cada jugador, de cada lanzamiento y de cada batazo hay una historia, y es la historia de nuestros pueblos, los pueblos de América Latina y su forma de transformar las desigualdades y los dolores en alegrías y memorias de luchas.
Venezuela le ganó a EE. UU., en su casa, con un juego que ellos inventaron y que nos trajeron, imponiéndose como deporte nacional al fragor de los campos petroleros, por allá en medio de los avatares de inicios del siglo XX. Y un martes 17 de marzo, el equipo venezolano demostró cómo se gana, en un acto que llena de felicidad a un pueblo que tiene más de 20 años resistiendo los embates de las glorias “revolucionarias”, de la decidía de los poderosos y de la sed de potencias extranjeras que se arroban el derecho de violentar nuestra soberanía y bombardear nuestro hogar. Supongo que así se sintió el pelusa en aquel histórico “Maradona contra Inglaterra anotándole dos goles”.
Pensar que un juego de béisbol es nimio, que ocurre fuera de la historia y de la política, es un error tan grande como creer que se puede separar el corazón de un país de su gente. Cada jugada, cada swing y cada grito en el estadio o frente al televisor es un acto que refleja nuestra identidad, nuestra memoria y lo que somos. El béisbol no es solo un juego, es un escenario de disputa, en donde se reivindica un país, su cultura y el talento que lo representa. En ese diamante de tierra, Venezuela mostró lo que somos capaces de hacer cuando el orgullo, la ética y la pasión se encuentran.
Hoy no solo celebramos un título; celebramos la dignidad de un país que ha soportado años de adversidad y que encontró en esta victoria un espejo de su propia fuerza. Por un instante dejamos la polarización política y nos convertimos en los fanáticos de la pelota caliente; por un instante no importaron las diferencias, por un instante de tres horas, el béisbol nos unió y acalló el ruido que nos atraviesa. Si eso no es político, ustedes me dirán. Suscribo las palabras del manager venezolano Omar López al decir que estaba feliz de llevarle felicidad a su país, porque en la madrugada del 18 de marzo fuimos felices, reímos, cantamos, lloramos, nos abrazamos; tanto así que seguimos de fiesta nacional.
