Carta a Carlos Blanco
Nos hemos cruzado pocas veces y siempre bien —un café, unas jornadas, algún Zoom sobre petróleo que escuchabas con la paciencia de quien ya escuchó todas las versiones del entusiasmo ajeno—, así me permito escribirte sin los rodeos que uno le reserva a quien no ha tratado. No te escribo para hablarte de principios o teorías políticas sino de algo más terrenal y urgente: de palancas, de tiempos, de la necesidad de forzarle la mano a Washington.
Comenzaré por el más reciente detalle: El régimen cerró el espacio aéreo para que María Corina no vuelva. Detengámonos. Trump ha dicho que ella no tiene respeto ni apoyo en el país, si esto es así, ¿Cómo es que Delcy clausura el cielo entero para dejarla afuera? No se cierra un aeropuerto contra una sombra. El miedo del chavismo desmiente el desdén de Washington. La confesión de ese miedo es algo que no se te escaparía.
Ahora bien, que el régimen confiese ese miedo no cambia el hecho de que así puede lograr su más inmediato objetivo: Que María Corina sea un símbolo lejano y, por lejano, manejable. Aquí no te voy a endulzar nada, porque hemos visto de cerca el terrible costo de callar las consecuencias del exilio. El exilio ha sido el cementerio de nuestras oposiciones. Desde nuestro héroe José Antonio Páez hasta el lamentable Juan Guaidó. Guaidó terminó “gobernando” por Zoom hasta que el cargo se le deshizo entre los dedos como papel mojado, ahogado en un festín de corrupción que hoy nos mancha a todos . La legitimidad no resiste la distancia: se evapora. Una transición pensada desde Madrid o desde Panamá es, si acaso, una nostalgia bien redactada.
El plan que tu equipo trazó para los primeros cien días arranca, con buen criterio, por el control del territorio. Pero no hay control del territorio que se ejerza por control remoto. No es posible pensar que la jefatura de la transición sea dirigida desde la distancia. La autoridad, Carlos, se ejerce con los pies en la tierra o no se ejerce. Esa fue la doctrina........
