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Collage décimo noveno sobre Rómulo Betancourt

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01.07.2020

(La sucesión presidencial de 1946)

El gran error del Presidente Medina Angarita y de su gobierno, al final de su mandato, fue haber negado, en la reforma constitucional de 1945, la inclusión del sufragio universal, directo y secreto, para que fuesen los venezolanos, y no él y los que le rodeaban, los que decidieran sobre la cuestión fundamental de la verdadera democracia: la elección popular, en ejercicio de soberanía, del presidente de la república y de los miembros de los cuerpos legislativos. Pensaron que así como López Contreras había escogido a su sucesor, también podían hacer lo mismo, sin darse cuenta que, como señaló Ramón J. Velásquez, “la Venezuela de 1945 ya no era el país que en abril de 1941 se conformó con enterarse de la elección de un nuevo Presidente de la República y con agolparse en las avenidas que rodean el Capitolio Nacional para ver entrar y salir al nuevo mandatario a una reunión de representantes del pueblo que el pueblo no ha elegido” (1). Pensaron que nuevamente, mediante una elección de tercer grado, se podía seguir escogiendo, como presidente de la república, por designio del ‘gran elector’ instalado en Miraflores, el candidato sobre cuya cabeza -decía Rómulo Betancourt- se hubiese posado “la paloma paráclita”. Por eso, pudo decir Mario Briceño Iragorry, el historiador y dirigente del partido de gobierno de entonces, que, al plantearse la candidatura presidencial, “como si se hubiera tratado de una herencia, los aspirantes menudearon y mantuvieron la tesis del ‘gran elector’ en espera de recibir el óleo de la recomendación” (2).

La realidad era que había una nueva Venezuela, en la que debatían partidos políticos ya crecidos nacionalmente, con un movimiento sindical combativo y una organización empresarial importante, y la expectativa de mayores aperturas democráticas en América Latina y el resto del planeta, con la culminación de la Segunda Guerra Mundial y la derrota del nazi-fascismo.

Acción Democrática realizó varias tentativas para buscar, a través de la vía del consenso y no de la vía revolucionaria, una salida a la crisis creada en el país por el problema de la sucesión presidencial. Veamos.

En una conferencia pronunciada el 5 de mayo de 1945, Rómulo Betancourt ratificó la solicitud, hecha anteriormente, de que el partido de gobierno, el PDV, que controlaba con abrumadora mayoría el Congreso elector, diera el nombre de su candidato presidencial, porque “debe tomar en cuenta que no va a escoger un funcionario para uso doméstico, sino a un Presidente de Venezuela”. Insistía en que “Venezuela tiene irrenunciable derecho a decir con antelación al acto de elegir, para que su palabra sea escuchada y sea atendida, si está o no de acuerdo con el hombre y con el programa que regirán la vida nacional en el quinquenio 1946-1951” (3). A comienzos del mes de junio, el doctor Edmundo Fernández se presentó en la casa de Rómulo Betancourt, de quien era amigo desde los tiempos de la Universidad, y le manifestó que “un grupo de oficiales del Ejército, hostil a la situación imperante”, deseaba entrevistarse con él. El doctor Fernández expresaría después que Betancourt “se mostraba escéptico y desconfiado”. Nos dice Betancourt: “La reacción mía ante la inesperada nueva no fue la del aventurero político, sino la de quien calibraba su responsabilidad como conductor de un gran movimiento popular” (4). En reunión del comando de Acción Democrática, después de un amplio debate, se acordó que Betancourt, acompañado de Raúl Leoni, asistiera a la entrevista y “se escuchara a los militares”. La entrevista inicial se efectuó la noche del 6 de julio en la casa del doctor Fernández; posteriormente se celebraron reuniones sucesivas, a las que nos referiremos más adelante cuando abordemos la acción cívico-militar que estalla el 18 de octubre de 1945.

El 10 de julio se informa públicamente que el embajador en Washington, Diógenes Escalante, había aceptado la candidatura presidencial que formalmente le había ofrecido el ´gran elector’ instalado en Miraflores, es decir, el Presidente Medina. Las conversaciones con los militares sirvieron de acicate para que Acción Democrática perseverara en la búsqueda de una salida pacífica a la crisis. Señala Betancourt: “Hasta la última hora quisimos evitar el vuelco violento en la situación del país. Nos empeñamos –desde luego con mayor audacia y más agresivamente, por saber ya bien lo que se agitaba........

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