Ruedas sobre la Patria

CAMAGÜEY.- Hice algo que llevaba tiempo sin hacer: sentarme en el parque Agramonte, una tarde cualquiera. Tenía unos minutos libres y decidí esperar allí. Pasaban de las cuatro y veinte —esa hora clásica en que los niños salen de la escuela— y el parque estaba lleno. Demasiado lleno.

Había escolares de primaria, adolescentes de secundaria, jovencitos de preuniversitario. Hasta ahí, nada fuera de lo común. Lo que me estremeció fue descubrir que el corazón del parque se había convertido en una pista improvisada: patines, patinetas, bicicletas, ruedas por todas partes.

Antes, los muchachos se quedaban en la calle lateral o en el borde, cerca de la iglesia. Nunca entraban al centro. Pero aquella tarde no había fronteras. Todo era asfalto simbólico. El parque parecía una rotonda sin semáforo.

Una madre caminaba con su niña de unos dos años. La pequeña daba esos pasos torpes, preciosos, inseguros, como quien acaba de descubrir el mundo. Yo tenía los pelos de punta: patinadores pasaban a centímetros, bicicletas zigzagueaban, muchachos se lanzaban sin mirar. Pensé en cuando mi hija........

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