Hay que beber
El alcohol, bien elegido y bien servido, entre personas cultas y aseadas, favorece la civilización, la transmite, la crea
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Cada vez se bebe menos en España y aunque algunos datos son buenos –el consumo entre los 14 y los 18 años en los últimos 30 días bajó del 56 al 51,8 por ciento en 2025 y las borracheras descendieron al 17,2 por ... ciento–, no beber genera sociedades aburridas, rígidas, que giran demasiado sobre cosas que realmente no importan y carecen de un sentido del humor que propicie la sobremesa y el conocimiento a través de la inteligencia razonadora.
El vino es bueno, siglos de trabajo, pasión y silencio han afinado el producto. El champán es una bebida espiritual, y en los grandes destilados reposan las veladas en que somos y crecemos. Perder el control un día no es un drama, perderlo con frecuencia puede significar la destrucción de tu vida. Como todo lo que importa, beber puede ser muy agradable y puede acabar contigo. Hay que entender el abismo al que te asomas y hay que encontrar la medida.
El alcohol enjuaga el mal humor, lo intensos que a veces somos, las obsesiones que cuando nos toman sin un poco de distensión nos llevan a hacer el ridículo. Con el alcohol resbalamos hacia el fondo de nosotros mismos habiendo hecho las paces con los fantasmas que siempre llegamos tarde a darnos cuenta de que no existen. El alcohol en su punto exacto alegra la escena y por supuesto es tu responsabilidad no beber hasta el punto en que causas molestia y preocupación a tus amigos.
El alcohol, bien elegido y bien servido, entre personas cultas y aseadas, favorece la civilización, la transmite, la crea. Los grandes momentos de franca amistad de los hombres nunca fueron con agua. A la chica que por fin te miró cuando ya ni lo esperabas tampoco la invitaste a una botella de Solán de Cabras.
El pretexto de no beber para cuidar la salud es un escapismo cobarde, como no vivir en la ciudad. Hay que aguantar el golpe. El ritmo. Hay que pagar el precio y sacar provecho. Hay que tener menos 'hobbies' y más carácter y vida social. Hay que vivir en lo que pesa. Sin restaurantes no hay poder, no hay verdad. Comiendo legumbres en su casa nunca nadie ha hecho algo bueno por los demás. ¿Acaso crees que no nos debes nada? Las cuentas no están saldadas. Hay que mirarse menos en el espejo, con tus progresos en el gimnasio o con tu ropa cara. Hay que jugar menos a pádel y hacer menos bricolaje. Nos falta generosidad, grandiosidad, mejores ideas y más deseo de un mundo mejor.
No somos los que dejamos de hacer lo peligroso por la fantasía de que así podremos vivir más años. Somos los que honramos el tiempo que nos sea concedido, y que de todos modos no sabemos cuánto será, y lo elevamos al Cielo como una plegaria, como una elegía, con el vino que nos reúne en la exaltación y la ternura de que, pese a la finitud de la vida, podemos hacer que nuestros días sean inmortales.
