Sí, lo quemamos todo

Lo socarramos porque somos así de estupendos, porque abrazamos el rito del fuego purificador

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No lo hagan, por favor. Si acuden ustedes hasta Valencia para zambullirse en el zafarrancho falleril, cuando miren perplejos los monumentos falleros, nunca, pero nunca, pregunten con la voz teñida por la inocencia lo de «¿Pe-pero todo esto luego lo quemáis?». Sí, lo quemamos ... todo. Lo socarramos porque somos así de estupendos, porque abrazamos el rito del fuego purificador, porque no nos importa el despilfarro cuando el sol de la primavera demarra con sus primeros parpadeos de fulgor mortecino y porque, también, en fin, hay que asumirlo, conservamos un lado de cafetera mediterránea que nos gusta vindicar. La bestia conviene sacarla a pasear de vez en cuando mediante oportuno desparrame. Un amigo asturiano, cuando llevaba un lustro viviendo en Valencia, me dijo muy serio una vez: «Mira que me gustaba el cine de Berlanga, pero ahora que os conozco y os aprecio, todavía lo entiendo y me gusta más».

Nació en Valencia de manera espontánea la Ruta del Bakalao porque esta no es sino lógica prolongación de las 'mascletás'; esto es, ritmos machacones que trituran el tímpano y estimulan el alma mientras las tripas se encogen elásticas ante tanta trepidación. No, por favor, nunca pregunte boquiabierto como un guiri lo de «¿Pe-pero todo esto lo quemáis?», porque entonces le tomaremos a usted y a su buena voluntad por un Morrissey cualquiera que se escaquea de sus compromisos gimoteando excusas baratas de falso exquisito. Y si a usted no le gustan las Fallas, jamás se lo reprocharé. No pasa nada, podemos mantener la amistad intacta. A lo mejor a mí tampoco me seducen las fiestas de su villa, ¿y qué? Los jolgorios populares representan la terapia absurda que rasga las rutinas. Un vez cumplido con el tajamiento colectivo, el personal regresa satisfecho a sus labores de horarios fijos y rigores variados. No sé si la religión es el opio del pueblo, pero una ciudad sin su locura puntual de festejos propios no se sostiene. Además, eso no sería una urbe española, sino un villorrio sueco con ciudadanos de tez asalmonada y modales de calamar ultracongelado. Y no queremos eso, ¿verdad?


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