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Gallitos de última fila

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13.04.2026

Gallitos de última fila

Formaban pareja en el patio y rezabas para que no se fijasen en ti porque te robaban el bocadillo

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La tropa que se arremolinaba en la última fila deambulaba en esa peculiar tierra de nadie incrustada en el microcosmos del aula. Los chavales de la última fila vindicaban su estampa de malotes pasando de las lecciones que impartía el maestro, leyendo revistas porno desplegadas ... sobre sus rodillas o, simplemente, haraganeando con la vista posada sobre moscas y musarañas. A veces, como se fumaban un canuto antes de comenzar la jornada, les traspasaba el fugaz rayo de la broma verbal, el arrebato de mamarrachez payasa destinada contra ese enseñante algo apocado. Despertaban por un momento de la modorra que les amortajaba gracias al súbito trallazo del costo y, después, regresaban a su mundillo de picardías y escaqueos. En general, eran repetidores, algunos incluso habían 'tripitido', y tanta veteranía les concedía galones como de bucaneros fracasados.

La estampa de los chulos de la última fila me iluminó la sesera cuando contemplé por enésima vez a Koldo y Ábalos frente a los togados con aire de falsos modositos. «Coño, son los tíos de la última fila», me dije. Porque además siempre encontrabas al grandullón (Koldo), uno que trataba de ovillarse, en vano, para urdir sus travesuras, sus desfalcos. Y le acompañaba otro, más enjuto (Ábalos), que lucía rostro de mosqueo permanente, peligroso. Formaban pareja en el patio y rezabas para que no se fijasen en ti porque derramaban la crueldad del que se aprovecha del prójimo para robarle el bocadillo o cascarle varios garbilotazos a traición. Koldo y Ábalos, en efecto, en ocasiones componen mirada perdida de hastío, otras cuchichean según lo que proyectan los testigos aunque, también, pueden forjar muecas que expresan sorpresa o desagrado. En cualquier caso, conforme se suceden las sesiones de banquillo, les observamos el desahogo del que se acostumbra a su destino, el sosiego del que se resigna porque sabe que lo tiene mal, la desfachatez del que se acostumbró durante demasiado tiempo a vivir con su propia ley. Me piden a mí la cantidad de años que les reclaman y no paro de llorar. Uno nunca tuvo temple de última fila, ay.

José Luis Ábalos Meco


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