El oidómetro de las artes |
El oidómetro de las artes
Hodio no revela nada nuevo. Apenas pone nombre a una dinámica que lleva años instalada en el sector artístico. Y… ¿qué ideología predomina en ese sector?
No hace falta una herramienta como Hodio para saber de dónde nace el odio más feroz. Como crítica de arte me he enfrentado a toda clase de episodios absurdos y, en ocasiones, alarmantes. Desde intentos de agresión hasta campañas de cancelación cuidadosamente organizadas. Quien ... imagine que en un ámbito laboral tan frágil como el de las artes, donde la mayoría sobrevive a base de subvenciones, prevalece el apoyo mutuo, se equivoca. Difícilmente encontrará otro sector donde abunden tanto las traiciones contra quienes logran prosperar por mérito propio.
En el mundo del arte, la purga de profesionales incómodos comienza por las redes sociales y es algo que conozco bien porque me atañe. ¿El motivo? Señalar escándalos, denunciar la doble moral de algunos y no renunciar a ejercer la crítica en su sentido más exigente. La crítica auténtica no consiste en repartir elogios automáticos ni en sostener redes de favores. Implica evaluar, argumentar y, cuando es necesario, incomodar. Eso tiene su efecto inmediato a través de internet.
El acoso en redes sociales ha terminado por confundirse con el que ocurre cara a cara. En realidad, nunca fueron dos mundos distintos el virtual y el físico. Las redes, sobre todo cuando se escribe bajo seudónimo, proporcionan una capa de impunidad que facilita el insulto y la difamación. Sin embargo, hay algo todavía más inquietante. Quienes atacan con su nombre y apellidos, convencidos de que encarnan una suerte de higiene moral. Se presentan como guardianes de una pureza necesaria. Desde esa posición se permiten desacreditar públicamente a quienes piensan diferente e incluso disfrutar de viejas rencillas personales envueltas en un lenguaje de supuesta virtud.
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Hace poco se ha desatado una nueva campaña que reclama mi cancelación y que me despidan de mi empleo al frente de una plataforma digital sobre arte. Los que la promueven alegan que me relaciono con personas de derechas y que la cultura es incompatible con eso. «La cultura es de izquierdas», afirman. Se condena, por lo tanto, que trate con la misma cordialidad a unos y a otros, con independencia de a quién voten. Se recuperan fotografías mías con figuras públicas, presentándolas fuera de contexto. Da igual cuál fuera el motivo del encuentro. Si en la escena aparece alguien considerado sospechoso, eso basta para desencadenar el ataque.
Pero no soy la única en el punto de mira. El mecanismo es siempre el siguiente: se identifica a un supuesto culpable al que eliminar del panorama, se exagera su proximidad con determinadas personas y se construye un relato moralizante que justifique el linchamiento. Lo paradójico es que, cuanto más trabajo y más esfuerzo invertimos los odiados en centrarnos en hacer bien nuestra labor, mayor es el malestar generado. Así aparece la acusación irrebatible de fascismo, repetida con ligereza hasta perder todo significado.
Ese clima revela algo más profundo que una simple disputa ideológica. Se trata de una lucha por el control simbólico del sector cultural. Quien cuestiona determinados consensos tácitos o se niega a participar en dinámicas clientelares se convierte en un obstáculo. Y los obstáculos, en determinados ambientes, se intentan eliminar mediante la deslegitimación pública.
En ese contexto aparece Hodio, una herramienta que pretende medir el odio en redes sociales y señalar su procedencia ideológica. La paradoja resulta evidente. Mientras se intenta colocar la etiqueta de odiador en un único lado del espectro político, desde otros espacios se practica la misma agresividad con una retórica moralizante.
Al final, más que un medidor tecnológico, lo que queda al descubierto es una atmósfera enrarecida dentro del propio ecosistema cultural. Un entorno donde la discrepancia se castiga, donde las afinidades políticas se examinan con lupa y donde la independencia intelectual se paga cara. Hodio no revela nada nuevo. Apenas pone nombre a una dinámica que lleva años instalada en el sector artístico. Y… ¿qué ideología predomina en ese sector?