El poso del tiempo |
España no está condenada al extravío. Llegó a 'ir bien'. Estoy convencido de que, muy pronto, irá todavía mejor
El pasado lunes se cumplieron treinta años de mi primera investidura como presidente del Gobierno. Invitado a evocar esa fecha en las páginas de ABC lo hago sin nostalgia ni complacencia; malas consejeras en toda circunstancia, aún lo serían peores en esta hora. Intentaré poner en perspectiva el sedimento de inquietudes rigurosamente contemporáneas. No reivindico nada más allá de un proyecto político que sigue siendo el mío y mantiene intacto su potencial de servicio. Al cabo de treinta años, tengo por más necesario que nunca todo lo que representa el Partido Popular; para empezar, su condición de única fuerza capaz de materializar una alternativa de gobierno, haciendo valer algo más sólido que una colección de invectivas: el peso de su acervo histórico.
Hace tres décadas, todavía se tenía un entendimiento serio de los usos constitucionales. Se asumía que, en una democracia, gobierno y oposición son funciones sin asignación fija, subordinadas a intereses permanentes y que la dinámica entre partidos es la competencia colaborativa. Hoy algunos invocan mucho la democracia, pero, a la vista de su proceder, parece interesarles más cómo suena que cómo funciona. Levantar un muro para emparedar a media España no era, en 1996, un programa concebible, ni siquiera un enunciado decente en un discurso de investidura. Nada parecido se encontrará en el mío: nada de programas para fragmentar el electorado; al contrario, hacíamos política para integrar la nación, uniéndola en torno a objetivos identificables, que suscitasen apoyos mayoritarios. No quisimos jugar a la........