El riesgo de morir de éxito

El riesgo de morir de éxito

Demasiada tiniebla ahoga la verdad, pero demasiada luz mata el misterio. Y esto es sobre lo que debemos reflexionar

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El trumpismo anticatólico

Las procesiones de Semana Santa nacen del hecho religioso, pero lo trascienden para adentrarse en el terreno de lo social, de lo cultural, de lo artístico, de lo etnográfico e incluso de lo turístico –es decir, de lo empresarial y lo económico–. Las procesiones de ... Semana Santa emergen, por lo tanto, desde la fe, pero no son exactamente fe; crecen desde la liturgia, pero no son liturgia. La religiosidad popular es eso y también lo contrario, algo que no es necesariamente malo, pero tampoco inexorablemente bueno.

Como todo lo popular, la tradición es una esponja que va empapando la pureza de imperfecciones, costumbres y ritos –es decir, lo va humanizando– para convertir la crisálida en mariposa y la liturgia en la expresión de fe de un pueblo: bonita, pero breve; gloriosa, pero frágil; intensa, pero superficial. Y está bien que así sea, porque demasiada tiniebla ahoga la verdad.

Pero sucede que demasiada luz mata el misterio, y esto es sobre lo que debemos reflexionar: el éxito de las Semanas Santas las está masificando, las asemeja demasiado a eventos musicales, a festivales de artes escénicas y quizá todo ello esté provocando que, por el camino, se vaya perdiendo un poco de sentido, algo de verdad y bastante perspectiva de lo importante, que es que Jesús padece, muere, baja a los infiernos, resucita al tercer día y sube a los cielos. Y allí está sentado a la derecha del Padre. Y esto es tan sumamente grave que, de vez en cuando, hay que pararse del todo para asimilarlo por completo.

Tengo la sensación de que todos –empezando por la propia Iglesia– tenemos las mismas dudas, nos hacemos las mismas preguntas y compartimos, en silencio, las mismas inquietudes. Pero sencillamente hemos decidido mirar para otro lado, como postponiendo el análisis serio hasta otro día y quedándonos, de momento, con lo bueno, que indudablemente existe.

Pero llega ese día y se nos olvida, no hacemos nada, y las grietas se cronifican, rozando el larguero de lo malo, de la banalización de la Pasión, de la idolatría 'instagrameable' y de la superficialidad de una fe 'low-cost'. Los jóvenes se acercan cada vez más a las cofradías y hermandades. Y está bien.

Pero no está tan bien si, por el camino, eso conlleva que nuestra religión se vaya convirtiendo en un símbolo identitario, político y folklórico –que es lo contrario de 'católico', es decir, universal– y no en lo más profundo y serio con lo que un ser humano cuenta para dar sentido a su existencia.

Nuestra fe no es una tradición. Todo lo que de ella deriva no es un espectáculo, ni una experiencia ni un recurso turístico, sino la expresión de la Cultura y de la fe de un pueblo. La saturación y la frivolización van en contra de la Verdad y si no ponemos ciertos límites corremos el riesgo de vulgarizarlo todo, de perder misterio, profundidad y carácter, es decir, de que las procesiones de Semana Santa ya no sean una vía para acercarnos la Verdad sino la Verdad misma; que ya no sean un medio para orar y comprender, sino un recurso de ocio, una especie de extraescolar para adultos que cambie lo profundo por su trampantojo. Y no conviene trivializar ciertas cosas. Cada rito tiene un sentido y los símbolos han de seguir un itinerario más allá del despiporre, el amaneramiento y el exhibicionismo desatado.

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En cualquier caso, es bonito, emocionante y enriquecedor. El verdadero problema sería que la sociedad diera la espalda a las formas de expresión de su fe. Eso tendría peor arreglo y, en ese caso, estaríamos pensando en cómo atraer a los jóvenes. No es el caso: ya los tenemos. Ahora hay que pensar qué hacemos con ello y reflexionar para no caer en un círculo autorreferencial y en un ensimismamiento que nos haga encerrarnos en nosotros mismos. Y en el esteticismo como sustituto de la Verdad.

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