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Por Dios

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tuesday

Europa sacrificó hace décadas su cristianismo por un humanismo cristiano –más llevadero, 'prêt-à-porter'– en el que la fe pasó de ser sustantivo a simple adjetivo

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Transitamos a dos velas por un túnel de espiritualidad que sepa Dios dónde nos puede llevar. De momento, a una falsa guerra de religión, con Donald Trump hecho un cristo. Este inopinado éxodo moral ni siquiera lo previó Benedicto XVI, promotor de una segunda ... evangelización de Occidente que nos está quedando divina, de momento con una cantante que se mete a monja de alta costura para zumbarse a su novia camino del refectorio –había mucho mariconeo en los seminarios, reconoció el Papa Francisco, sin reparar en que todo era bueno para el convento de la sección femenina– y con una quema de restos de lo que fue Boney M en la fiesta cibelina de la Resurrección, sobra añadir que de la carne, la que el conjunto alemán hacía sudar en los setenta a través de la técnica de la calentura. «Nada te turbe, nada te espante», o «She's crazy like a fool/, wild 'bout Daddy Cool», tanto nos da.

Antes de que a Trump le diera por el timo de la estampita, todo este exhibicionismo –contrario a una fe que en los últimos tiempos solía ir por dentro, como toda buena procesión– ya era patente entre los sacristanes de tan impúdica mudanza, con balcones a la calle y polea sin engrasar. Nada más tocar pelo y gomina, Marco Rubio se presentó en la tele con una desproporcionada cruz en la frente, pintura de guerra que tenía más que ver con el maquillaje del búfalo que en 2021 entró a sangre y fuego en el Capitolio –toro indultado en la corrida de la beneficencia de Trump– que con el mensaje de impermanencia del Miércoles de Ceniza, polvo que ni siquiera es polvo, aventado por el tiempo. De la inmaterialidad a la cosmética. «Nada te pringue, nada te manche», que pudo escribir una Teresa de Ávila que cuando le entraba el éxtasis también confundía –como Pete Hegseth– al profeta Ezequiel con un sicario de Tarantino.

Tanta impostura, de naturaleza hollywoodense, consustancial a una civilización cuya cultura de consumo está hecha de celuloide, se explica bien en Estados Unidos, 'home of the brave' y patria de los peliculeros. Está aún reciente la edición de 'They Shall Take Up Serpents' (Sublime Frequencies), grabación de un desmelenado servicio religioso de Virginia, para documentar una mojiganga que también anida en las iglesias. Peor encaje tiene esta liturgia en una Europa que hace décadas sacrificó su cristianismo por un humanismo cristiano –más llevadero, 'prêt-à-porter'– en el que la fe pasó de ser sustantivo a simple adjetivo. Consumidora de modas y modos con arancel, Europa lo mismo compra en Amazon la doctrina 'woke' que su antítesis, un cristianismo de cruzada que allí resulta ridículo y, de mal en peor, aquí folclórico, de padrenuestro y pandereta, cartel de barraca en la feria de los populismos.

Cada cual es muy libre de llevar la medallita de la Virgen por dentro, por fuera o enredada en el vello del pecho, ensortijado y legionario, como hace la derechita valiente de nuestra Europa de los pueblos, pero conviene recordar que en esto de utilizar en vano y para enfrentar el nombre de Dios la izquierda lleva un siglo y dos cuerpos de ventaja. Lo mismo te quema una iglesia que le saca punta a una cruz.


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