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Koldo o la meritocracia de izquierda

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17.03.2026

Koldo o la meritocracia de izquierda

Koldo rompió el molde del arribista al invertir el sentido de las relaciones de poder y corrupción

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Nos tenían dicho que la meritocracia era cosa de fachas, que el ascensor social está siempre apagado o fuera de cobertura y que el que nace lechón muere cochino. Especial insistencia puso la escuela de pensamiento de Podemos, encabezada por Lilith Verstrynge, en desmontar una « ... cultura del esfuerzo» que entre otros males –dijo– generaba «fatiga estructural», «ansiedad y cardiopatías» y contra la que esgrimió el revolucionario «derecho a vaguear». Sin tantos estudios, pero con más estilo, Yolanda Díaz lo resumió en el eslogan 'Trabajar menos, vivir mejor'. La meritocracia, según esta corriente obrerista, era un señuelo de la casta para engatusar a los más vulnerables, confiados en las posibilidades que les brindaba un sistema cuyo clasismo los condenaba a una precariedad no ya genética, sino hereditaria.

Fue casi al final de este ambicioso proyecto de reformulación de los principios y los finales de la izquierda, con Yolanda en Hollywood, preseleccionada en el proceso de escucha activa, o 'casting', del 'remake' de 'El crepúsculo de los dioses', con todas las papeletas para hacerse con el papel protagonista, cuando irrumpió una de esas figuras, categorizadas como disruptivas en la ciencia política, que echan por tierra cualquier trabajo de laboratorio e investigación, en este caso desarrollado por los predicadores de la democracia real. Ahí estaba Koldo García, meritorio y meritócrata, para darle la vuelta a una tortilla a la que nadie le había echado hasta entonces tantísimos huevos.

Koldo no solo tenía la habilidad y la ambición del trepa, esenciales en todo ascenso social de naturaleza meritocrática, sino que rompió el molde tradicional del arribista al invertir el sentido de unas relaciones de poder y corrupción, valga la redundancia, cuya verticalidad traza ahora una línea ascendente, de abajo a arriba, lo nunca visto. Lo habitual desde la segunda mitad del siglo XIX venía siendo que el del semisótano pidiera al del ático un favor, para sí o para un tercero, el recomendado de toda la vida. A nadie se le habría ocurrido la idea de todo un presidente del Gobierno llamando al encargado de una diputación provincial para ver si colocaba a su hermano, pongamos que de director de orquesta o algo parecido. En absoluto. Meritocracia clásica, encastada, que todavía hay clases. Con Koldo, en cambio, puede ser un ministro el que recurra a un portero de puticlub –o chófer, o porteador de maletines, o contable de billetes– para que meta en nómina a su novio o su marido, pongamos que de piloto de avión. Con Koldo, y de ahí la importancia de llamarse García, quizá sea un expresidente de las Cortes el que descienda de la galería de retratos del Congreso y hable a nuestro don nadie de un chaval, para que le haga hueco en algún sitio y así tenga para sus gastos. Con Koldo, la meritocracia desafía la 'fatiga estructural'. Sin ansiedad, sin cardiopatías; corazón putero y no partío.

«Sí se puede, sí se puede», canturrea Lilit.


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