El Evangelio desnudo |
Nadie como Pasolini ha plasmado con la cámara la vida y el mensaje de Jesucristo en toda su intensidad dramática
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Además de ver cofradías en la calle, y a veces en algún balcón abierto por la generosidad de los amigos, uno tiene sus ritos domésticos en Semana Santa. El cocido con bacalao y las espinacas de vigilia el viernes, en homenaje al menú que mi ... madre dejaba preparado en casa. Escuchar y ver en YouTube la 'Pasión según San Mateo' interpretada en alguna iglesia centroeuropea –hay una versión fabulosa del maestro Karl Richter grabada en Múnich en los setenta y otra de Jos van Veldhoven en Naarden, más moderna– y luego el 'Stabat Mater' de Pergolesi, con la voz del contratenor Philippe Jaroussky resaltando los formidables agudos donde el músico, enfermo de muerte, parece encomendarse a la Virgen con una emocionante contrición patética. Y en algún momento de la noche revisar la mejor película cristológica jamás rodada, la obra maestra en que Pasolini plasmó su conflictiva tensión interna entre el impulso de ruptura social y el mensaje de transformación moral contenido en la doctrina evangélica.
Ahora están de moda en las plataformas audiovisuales algunas series tipo 'Chosen', en cuya buena traza es posible apreciar los rasgos de cierta nueva corriente de espiritualidad cristiana. Pero fue el genio rebelde de Bolonia quien mejor ha sabido captar con la cámara la esencia de la vida de Jesús en toda su dimensión dramática. El 'Evangelio según Mateo' es una obra revolucionaria en el plano ideológico –un comunista en busca de la síntesis ética con la religión– y en el estético, gracias a un guión de apariencia improvisada, a la música de Bach mezclada con ritmos de las culturas africanas y a una conmovedora sencillez visual capaz de transmitir toda la intensidad de la narrativa neotestamentaria. No hacen falta palabras: apenas unos cuantos pasajes de las enseñanzas de Cristo –encarnado por un actor catalán no profesional pero dotado de una impresionante fuerza en la mirada– y una versión literal del sermón de la montaña proyectada con escalofriante desnudez escenográfica.
Frente a la truculencia de Gibson, el clasicismo convencional de Ray o la plasticidad edulcorada de Zefirelli, Pasolini propone una lectura radicalmente objetiva de hecho mesiánico, muy en la línea del Concilio entonces recién celebrado. Los pasajes fundamentales, desde el nacimiento hasta la crucifixión, no necesitan sonido: sólo movimiento, acción silenciosa, gestos filmados con la sobriedad de un artista plástico y reforzados por la austeridad del vestuario y del entorno de la región más deprimida del 'mezzogiorno' italiano. El cineasta utilizó a su madre para representar, con un expresionismo descarnado, el dolor retorcido de María en el Calvario. Vista desde nuestra sensibilidad impregnada de barroco, con su despliegue de ornamentalismo recargado, esta deliberada parquedad formal resuena en la conciencia con la brusquedad de un latigazo. Aquel atormentado marxista decía sentir «nostalgia de lo sagrado»; quizá en la luz de la Resurrección que cierra el relato acabase hallando la esperanza de un milagro.