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Sobran ayuntamientos

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El suelo escasea porque las grandes ciudades están atrapadas. Madrid, Barcelona o Bilbao no pueden expandirse porque sus fronteras terminan donde empiezan municipios

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¿Por qué nadie habla de la absorción municipal en el debate sobre la vivienda? El suelo escasea porque nuestras grandes ciudades están atrapadas. Madrid, Barcelona o Bilbao no pueden expandirse porque sus fronteras terminan donde empiezan municipios como Getafe, Hospitalet o Baracaldo. Salvo casos con indudable relevancia histórica, como Elche, La Laguna o Jerez, la mayoría de ciudades dormitorio deberían integrarse en la capital. Esta operación, habitual en el siglo XX, hoy es un tabú político que encarece el terreno al impedir una planificación urbana cohesionada. La UE ha pedido reiteradamente reducir la fragmentación administrativa en España.

No es lo mismo gestionar suelo al por menor que al por mayor. Localidades como Dos Hermanas, Paterna o San Juan de Alicante son extensiones naturales que, bajo una sola administración metropolitana, facilitarían un parque de vivienda abundante y asequible. Sin fusiones municipales, la escasez de suelo seguirá siendo el mayor impuesto invisible para los ciudadanos.

Daniel Álvarez Malo. Mutilva (Navarra)

Como profesional que ha formado parte del sistema educativo, entiendo y respeto profundamente el derecho a la huelga. He vivido en mis propias carnes las carencias del sector y la legitimidad de sus reclamos laborales. Sin embargo, lo que estamos viviendo estos días en algunos centros de Madrid cruza una línea roja que debería ser sagrada: el interés superior del menor. Resulta paradójico que un movimiento que busca dignificar la educación termine por vulnerar el derecho fundamental de los alumnos al seguimiento pedagógico.

En nuestro caso, la suspensión indefinida de tutorías para tratar cuestiones evolutivas urgentes de nuestro hijo no es un 'daño colateral' aceptable; es una dejación de funciones que ninguna reivindicación laboral puede amparar.

A esto se suma un clima de presión intolerable. Los servicios mínimos, diseñados para garantizar un entorno seguro y de conciliación, se ven empañados por piquetes ruidosos y caceroladas a la entrada de los centros. Recibir a niños de corta edad con un entorno de hostilidad no es informar, es coaccionar. No se puede pedir a las familias que nos solidaricemos con una causa mientras se nos empuja a una conciliación imposible y se instrumentaliza a nuestros hijos, instándonos incluso a llevarlos a concentraciones reivindicativas.

La legitimidad de una huelga se mide también por el respeto a aquellos a quienes se debe: los alumnos y sus familias. Si para conseguir derechos laborales tenemos que renunciar a los derechos de los más vulnerables, el movimiento pierde su esencia. Pedimos diálogo, sí, pero también que los centros sigan siendo ese lugar de paz, asesoramiento y cuidado que nuestros hijos necesitan y merecen.

Almudena Lafuente Cervera. Madrid

Vemos las imágenes de las sesiones en las comisiones de investigación del Senado y del Congreso y hay algo que llama la atención: ¿por qué aquellos que comparecen se sitúan en un estrado por encima de los senadores o diputados que les preguntan? ¿No debería de ser al revés, que aquellos que van a dar explicaciones se situaran por debajo de quienes les cuestionan? Y ello sin entrar en los espectáculos chuscos de ver gente disfrazada o que oculta deliberadamente su rostro. En un mundo donde la imagen es parte del mensaje deberían cuidarse más estos detalles. Y en las Cámaras, sede de la soberanía nacional, aún más.

Gustavo Emiliano Blanco. Madrid


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