¿Se deben bendecir los drones? |
¿Se deben bendecir los drones?
Los lectores entran a valorar hoy la relación que han de establecer las religiones con las armas de guerra y los resultados de la misión Artemis II
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La reciente imagen de un sacerdote ucraniano bendiciendo drones de combate invita a una reflexión que trasciende el contexto inmediato de la guerra. No es un hecho aislado en la historia: durante siglos, la religión ha acompañado a los ejércitos, ofreciendo consuelo o invocando protección ... antes de la batalla. Sin embargo, en el mundo actual, donde la capacidad destructiva de la tecnología alcanza niveles inéditos, ciertos gestos adquieren un significado distinto. Bendecir instrumentos diseñados para matar o devastar ciudades plantea interrogantes difíciles de eludir, tanto desde el punto de vista ético como desde el propio sentido espiritual que las religiones dicen representar. En paralelo, la reciente polémica en España por la utilización de la imagen de Sánchez en un proyectil evidencia hasta qué punto el lenguaje simbólico de la violencia puede extenderse más allá del campo de batalla. Quizá sea momento de preguntarse cuál debe ser hoy el papel de las instituciones religiosas en los conflictos contemporáneos. En tiempos de destrucción amplificada, la verdadera autoridad moral no debería recaer en bendecir las armas, sino en contribuir a que dejen de utilizarse.
Cayetano Peláez del Rosal. Madrid
Esta vez no ha tenido lugar un apretón espacial que diera al traste con la última aventura de aquellos que están empeñados en conquistar la galaxia sin salirse del terruño. Y es que la misión de la NASA ha cumplido todas las expectativas: la capacidad de solventar los problemas de fontanería en condiciones extremas, el éxito de la campaña publicitaria de Nutella, obtener las mejores fotografías de las verrugas de la Luna y de su inmenso trasero y demostrar lo bien que funcionan las comunicaciones a unos 384.400 kilómetros de distancia (y yo que me las veo y me las deseo para llamar a Ponferrada). Si pusieran las mismas ganas y recursos para acabar con las enfermedades, la miseria, la ignorancia y el cambio climático, a fe que se llevarían más medallas y parabienes, muchos les estaríamos eternamente agradecidos y no habría necesidad de visitar a esa vieja dama que los modernistas ñoños llamaban Selene.
Es indudable que la hazaña del siglo ha conseguido animar a los astrónomos, levantar el ánimo de los estadounidenses alicaídos que buscan desesperadamente sumar otra estrella a su bandera (que es la bandera de los circos) y devolver a la Luna al primer plano de la actualidad, que de ella sólo se acuerdan los poetas, los románticos, los locos y el lobishome.
Esta gesta, por desgracia, también ha sacado de su cueva a los terraplanistas, a los globertos, a los conspiranoicos y a cuantos creen, como creía Ramón de Campoamor, que en este mundo traidor, nada es verdad ni mentira y todo es según el color del cristal con que se mira.
Lo único que yo puedo decir, por mi parte, es que estuve atento a las imágenes de la agencia espacial estadounidense, con altísima resolución, por ver si encontraba los pensamientos que le he dirigido en mi vida a ese búcaro que adorna nuestros cielos, el 'floreiro' del famoso gallego, el cohete de los hermanos Lumière, algún cagarro de Neil Armstrong y la nave de Cybertron. Pero no he visto cosa alguna. Allí no hay nada y no hace falta hacerse tantos kilómetros para aprender que la Luna es una nadería y que, como dijo el escritor, la Tierra es una luna vista desde lejos.
José Juan González García. Oviedo