Los motivos del antiyanquismo |
Los motivos del antiyanquismo
Pedro Sánchez, cuyo Gobierno hace agua, se muestra tentado a usar el desahogo antiyanqui para movilizar a su electorado
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Si algo enseña la experiencia latinoamericana es que hay que temer al caudillo antiimperialista que cohesiona la opinión interna agitando el espantajo del enemigo externo. Puede que el entorno geopolítico actual, con un Trump que destruye la legalidad internacional y bombardea países a su antojo, ... se preste para ello. Pero expresar distancia y reserva, incluso críticas a las políticas estadounidenses, no es lo mismo que aprovechar el repudio que despiertan los hegemones atrabiliarios para disparar en el horizonte internacional y recoger una presa en el campo nacional.
A eso jugaba Chávez cuando espantaba la emanación sulfurosa que según él dejaba Bush en los púlpitos internacionales, y la misma retórica empleó Evo Morales al acusar a Trump de ser el enemigo número uno de la humanidad. Nada raro que la lucha contra el mal abstracto les hubiera servido para ocultar sus atropellos a personas bien concretas, como los opositores venezolanos y las quinceañeras bolivianas.
No sólo la izquierda latinoamericana abominó de los yanquis; en realidad esto fue un invento de los poetas hispanófilos. Ruben Darío los llamó bárbaros y aborrecedores de la sangre latina, Rufino Blanco Fombona les negó habilidad para los mayores dones humanos, el arte y el amor, y José María Vargas Vila dijo preferir la muerte antes que dejar de odiar a los mendigos de Albión.
La misma animadversión la explotó Perón para ganar las elecciones de 1946 y asentarse durante una década en la presidencia argentina, y esa enseñanza sirvió a sus sucesores de charreteras en la Casa Rosada, los golpistas de 1976, para lanzar como alternativa a su podredumbre moral el desafío antiimperialista: la guerra en las Malvinas.
El APRA peruano, uno los partidos más influyentes de América Latina, tenía como primera de sus cinco premisas la acción contra el imperialismo, y Fidel Castro encerró a los cubanos en una misión jesuítica para que Estados Unidos no los contaminara con sus vicios materialistas. Excepto por los poetas modernistas, que reaccionaban a la invasión de Puerto Rico y Cuba de 1898, esta tradición usó el moralismo y el nacionalismo como una alfombra debajo de la cual esconder los abusos de poder y las crisis económicas.
Había motivos para detestar a Estados Unidos, para oponerse a sus políticas y desconfiar de ellos, pero ese no era el punto. Estos políticos aprovecharon los abusos imperiales para cortar los lazos con Occidente y justificar estados de excepción, cambios de régimen o gobiernos autoritarios. Y ahora que Pedro Sánchez, cuyo Gobierno hace agua, se muestra tentado a usar el desahogo antiyanqui para movilizar a su electorado, no es malo recordar que quienes jugaron ese juego no acabaron en el lado correcto de la historia, sino en un apartado borgiano signado por la infamia.