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La Unión Europea y la realidad

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12.03.2026

La Unión Europea y la realidad

Si Europa quiere seguir siendo la fortaleza de los principios y de la legalidad, también debe ser una potencia capaz de defenderlos

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Es muy difícil posar de principista en Europa cuando se han transgredido todos los principios en España, pero aún así vale la pena prestar atención al debate, o más bien al bochinche, que ha armado Pedro Sánchez en Bruselas. En el futuro próximo, es verdad, ... y no por lo que digan él, António Costa o Ursula von der Leyen, Europa tendrá que tomar decisiones difíciles: o se empeña en la defensa de un orden global basado en normas e instituciones supranacionales, o se resigna a que ese mundo se agrietó con la guerra en Ucrania y acabó de quebrarse con la segunda presidencia de Trump. Tendrá que vislumbrar si sigue defendiendo la relevancia de la ONU, de las resoluciones de su Consejo de Seguridad, los Derechos humanos y los tratados, o si asume que la legalidad internacional es una ficción que pareció real mientras Estados Unidos creyó en ella, pero que ahora que no lo hace se ha convertido en una homilía melancólica. En últimas, tendrá que decidir si sigue fiando su destino a los compromisos de posguerra y a una OTAN con predominio yanqui, u opta por convertirse en un nuevo polo con autonomía militar, energética, económica y una cadena de suministros propia.

Los optimistas creen que un sólo hombre no puede derrumbar la arquitectura institucional que los mismos Estados Unidos crearon después de 1945, y que en tres años, cuando Trump salga de la Casa Blanca, todo volverá a recomponerse. Realistas como el primer ministro canadiense Mark Carney asumen que eso ya no es posible. No asistimos, dice él, a una transición sino a una ruptura del orden mundial, y en este nuevo escenario se debe ser principista y pragmático: hay que defender la soberanía, los Derechos Humanos y la carta de las Naciones Unidas, sin que la nostalgia por el viejo mundo nos distraiga de la fundamental tarea de fortalecer y coordinar a las potencias menores para no acabar en el menú de las mayores. Otros, los más pesimistas, creen que el multilateralismo siempre fue una mala idea y dan por finiquitado el civilizado paréntesis en el que vivió la humanidad durante los últimos ochenta años. En el horizonte, con sus binóculos, ven el regreso de las pugnas entre hegemones por recursos naturales y zonas de seguridad.

Entre estas tres posibilidades, tal vez la intermedia sea la que debe oír la Unión Europea. Se acabó la hora de pensar con el deseo. El poder normativo está cediendo ante el poder bélico, y ya de poco sirve predicar desde los púlpitos bruselenses cómo debe ordenarse el mundo mientras las potencias militares lo desordenan a su antojo. Si Europa quiere seguir siendo la fortaleza de los principios y de la legalidad, también debe ser una potencia capaz de defenderlos. Para eso se requiere de estadistas, no de postureo moral ni de eslóganes electoralistas.


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