Cuba a pasos del abismo
Cuba a pasos del abismo
La gran tragedia es que nadie garantiza a los cubanos que la caída del castrismo suponga una transición democrática
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Mientras el pueblo cubano soporta la escasez de alimentos y el irritante contraste entre la ineficiencia de los servicios públicos y la puntual comparecencia del sistema represivo, el presidente Díaz-Canel sigue prometiendo «resistencia inexpugnable». Se trata, al igual que las últimas medidas aperturistas que ... anunció Óscar Pérez-Oliva, el vice primer ministro, de un pataleo de ahogado. La isla atraviesa su peor momento desde 1959 y la situación parece irreversible. A los cubanos ya no les dicen nada los ideales con los que Castro justificó la creación de un sistema opresivo y miserabilista, y a Trump las palabras de Díaz-Canel le entran por un oído y la salen por el otro. En las calles de Cuba la gente protesta desde hace dos semanas, llegando incluso a quemar una sede del Partido Comunista, y en los pasillos de Washington Raúl Guillermo Rodríguez Castro, familiar de los amos de la isla, negocia un cambio en la cúpula dirigente. La paradoja no puede ser más grotesca, pero es lo que buscaron los Castro: los defensores del pueblo que impugnaron el imperialismo acabarán desbancados por las protestas populares y la acción de los yanquis.
Más que un experimento político –aunque también–, Cuba fue un reducto donde se impusieron por la fuerza viejas cosmovisiones anticapitalistas y colectivistas que proscriben el dinero como un vicio yanqui y pecaminoso, y que conciben al individuo como una amenaza a la armonía social. A los cubanos se les exigió que sacrificaran sus vidas por ideales abstractos que alimentaban la moral pero no el estómago. Se les impidió crear riqueza y se les prohibió tener cualquier tipo de iniciativa. Castro ofició como un líder espiritual que daba un sentido cósmico a la debacle económica, y el Estado fue la iglesia que tuteló al pueblo y le dijo qué pensar y cómo comportarse. Durante un tiempo su aura revolucionaria fue persuasiva, pero ya la mística se evaporó del todo. Los cubanos están hartos de que se celebre su pobreza y su encierro en nombre, como tuiteó Irene Montero, de la «reserva moral de la humanidad». Se conforman con mucho menos; la libertad de la que gozan los izquierdistas europeos, por ejemplo.
La gran tragedia es que nadie garantiza a los cubanos que la caída del castrismo suponga una transición democrática. Trump se relame ante la posibilidad histórica de dar la estocada final al enemigo comunista, pero eso, como en Venezuela, puede tomar una dirección indeseable. Aunque no es el escenario ideal, es el único que se vislumbra. Algún día tendremos que preguntarnos, así la respuesta sea incómoda, qué inacciones y qué complicidades regionales convirtieron al líder menos democrático que ha pasado por la Casa Blanca en la única esperanza de libertad para varios millones de latinoamericanos.
