Noelia y lo que no entendemos |
Noelia y lo que no entendemos
Noelia murió ayer porque quiso, pero no fue libertad, sino falta de alternativas. La tristeza se hizo crónica y costumbre
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Noelia tenía veinticinco años y dos de prórroga. La violaron en grupo. Intentó suicidarse saltando de un quinto piso. Se quedó en silla de ruedas. Y su cabeza también quedó desordenada para siempre. O quizá no. Quizá no quiso recomponerse. O no encontró la forma ... de hacerlo en un país que habla en susurros de quienes no quieren seguir vivos.
Noelia ha ganado otra batalla contra su propia familia, aunque implicara morirse. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos decidió no paralizar su eutanasia, como pretendía su padre, que llevó el caso a los tribunales de la mano de Abogados Cristianos. En una inapropiada entrevista en 'Y ahora Sonsoles' dijo que quería irse ya, en paz, y dejar de sufrir y punto. En ese 'punto' caben todos los que no supieron, o no quisieron, cuestionar su decisión. Es algo tan suyo que incomoda pensarlo. Pero Noelia no sólo ha hecho lo que ha querido hasta el final; también ha puesto frente a nosotros el debate sobre la eutanasia.
Qué difícil es decidir sobre alguien. Qué fácil es creer que debemos hacerlo. Nuestro fracaso no es permitirlo, sino no comprenderlo. No aceptar que, si nada ha podido evitar que Noelia quisiera morir, quizá es porque no había otra salida. Hay algo profundamente incómodo en admitir que existen dolores que no se comparten. Que no se reparten. Que no se explican. Dolores que no admiten traducción ni consuelo, porque cualquier palabra llega tarde o llega mal. Entonces preferimos discutir, opinar, incluso legislar, antes que callar y reconocer que no entendemos nada. Quizá por eso nos aferramos tanto a la idea de salvar: porque salvar a otro nos ordena por dentro, nos hace sentir útiles, necesarios, buenos. Pero ¿qué ocurre cuando alguien no quiere ser salvado? ¿Qué hacemos con esa negativa que no es capricho, sino cansancio? Noelia no eligió sufrir. Tampoco dejó de hacerlo hasta ayer por la tarde. Y ahí empieza el vértigo. Porque su decisión no nos necesita, pero nos interpela. Nos obliga a mirarnos sin excusas y a preguntarnos qué tipo de mundo construimos. El fracaso no es su muerte, sino todo lo anterior. Nadie se va sin motivo. Siempre hay algo que empuja. Lo insoportable no es que alguien como Noelia se quisiera morir, sino que la vida no supiera convencerla de quedarse. Noelia murió ayer porque quiso, pero no fue libertad, sino falta de alternativas. La tristeza se hizo crónica y costumbre.
Vuelvo por el Retiro, por donde Rafa Chirbes jugaba a los baños de estación de bus. Una niña se lanza en brazos de su padre desde un muro tres o cuatro veces más alto que ella. Si cayera se rompería la crisma, pero salta a ciegas, en bruto, con la confianza desbordada y dibujando una sonrisa en su cara. Eran las seis de la tarde. La hora fijada. El Estado prefirió ayudarla a morir en vez de ayudarla a vivir.