La geopolítica de la conciencia

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El mundo mediático se parece cada vez más a una mala obra de teatro

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En 'Tinta invisible', Javier Peña rescata una escena que ayuda a entender cómo Margaret Atwood empezó a imaginar 'El cuento de la criada'. Ocurrió durante un viaje a Afganistán en 1979. Un hombre llamado Abdul la invitó a tomar té en su casa. De ... camino, Atwood se cruzó con decenas de mujeres con el rostro cubierto. Ya en la vivienda, Abdul le enseñó el álbum de su boda. Lo extraño llegó al pasar las páginas, porque su mujer no aparecía en ninguna de las fotos. ¿Cómo podía un álbum de boda no tener a la novia? Atwood miró entonces las paredes de la casa. Allí colgaban retratos familiares. Ninguna mujer. Ni las hijas. Ni la madre. Ni la esposa. Como si la mitad de la familia existiera en la vida, pero no en las imágenes.

Hoy unos sostienen que el derecho internacional existe para impedir que los países se invadan entre sí. Otros responden que, cuando en un lugar escasean los derechos humanos, ese mismo derecho internacional se vuelve secundario. Y, al final, ocurre que quienes bombardean en nombre de los derechos humanos suelen olvidarlos cuando el territorio es aliado, rentable o estratégicamente conveniente. No importa que cubran a sus mujeres mientras sigan llegando las transferencias. Algo parecido sucede con quienes denuncian esos bombardeos invocando el derecho internacional. También ellos miran hacia otro lado cuando en esos países se cubre a las mujeres, se persigue a los gais o se lapida a las adúlteras.

El mundo mediático se parece cada vez más a una mala obra de teatro. Tuvo su tiempo. Y su gracia. Incluso su importancia. Quizá siempre fue así y no lo supimos ver. O quizá nunca resultó tan obsceno. Nos hemos chutado una sobredosis de derechos humanos que, en la práctica, no valen lo mismo en todas partes.

Publica 'The New York Times' que «el ataque del 28 de febrero contra la escuela primaria Shajarah Tayyebeh se debió a un error de selección de objetivos por parte del ejército estadounidense». Entonces uno se pregunta qué es peor: permitir que los daños colaterales sigan siendo mujeres tapadas pero vivas, o aceptar que se destruyan escuelas por errores de objetivo mientras se interviene en países donde los derechos humanos brillan por su ausencia.

Cinco años después de aquel té, Atwood estaba en Berlín cuando empezó a escribir sobre Gilead, un mundo donde las mujeres habían perdido todos sus derechos y quedaban reducidas a cuerpos destinados a reproducirse para el poder. Una ficción inquietante que no es improbable ni insólita. Lo que sigo sin tener claro es el papel que ocupa Occidente en este jolgorio. Porque en este teatro del mundo nadie discute los derechos humanos. Lo único que se discute es cuándo conviene recordarlos y cuándo olvidarlos. Y en eso, casi todos actuamos en la misma función.


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