La Cuba llorada: puño en alto, bragueta bajada |
La Cuba llorada: puño en alto, bragueta bajada
Genera arcadas ver a esa purria patria con el fantoche de Pablo Iglesias a la cabeza porfiar por la caída de un régimen totalitario
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La muerte del castrismo –agonía lenta entre harapos, guiñapos, excrecencias y hambruna–, la muerte, digo, ahogado en sus propias miserias, no carecerá de patéticos juglares que hagan ciertos, hermosos ya lo eran, los versos de José Martí:
«Yo sé que el necio se entierra/ ... con gran lujo y con gran llanto,/ y que no hay fruta en la tierra/ como la del camposanto».
Llorarán los necios, como plañideras, la caída de una dictadura que tuvo arrancada de caballo y parada de asno; que herró la bota con la que oprime al pueblo, al que vino a salvar de Fulgencio Batista, con el celofán del sueño quimérico de una comuna marxista, siempre con el renglón torcido del uniforme verde olivo. Glosarán sus logros ignotos aquellos a quienes les fue bien la vaina, como trovadores que llaman luz tenue a lo que es un apagón casi prehistórico, de vuelta a la caverna, de vida atrasada en el reloj maldito de los primigenios asaltacielos, rescoldos ellos del peor de los infiernos.
Porque Cuba –la de los barbudos fanatizados comunistas en La Habana, con su espejo teocrático en las calles de Teherán– servía de vellocino a los fantoches del puño en alto europeo. Era esa Cuba de habanos, son, sabor y tumbona la que cantaban, como si en el envés no estuviera la otra: la de la miseria, el hambre, la delación, la purga y las jineteras a las que se beneficiaban mientras el régimen grababa, por eso de tener videoteca con la que extorsionar a los que dudaran de los parabienes marxistas.
Acudían a Cuba nuestros jueces, políticos y artistas a levantar el puño y bajarse la bragueta. Volvían de allí para cantar excelencias: que si hacían buen cine, que menudos médicos eran, que hay que ver los hoteles y cómo hablaba Fidel Castro. Y venga, a otra cosa. Que tener una isla caribeña como coartada ideológica es cosa seria y, desde luego, rentable.
Por eso, aún hoy, el regüeldo del izquierdismo zumbón y santurrón patrio anda acusando a Estados Unidos de asfixiar al pueblo cubano; como si la gente de la isla hubiese vivido en una Arcadia feliz antes de que la revolución convirtiera la promesa en dogma y el dogma en ruina.
Genera arcadas ver a esa purria patria con el fantoche de Pablo Iglesias a la cabeza porfiar por la caída de un régimen totalitario. Porque su debacle no es que les seque la lengua, sino que amenaza la faltriquera. Han vivido tantos años de la desgracia ajena que ahora temen que se acabe el chollo de ser voceros bien alimentados del castrismo o, como el sinvergüenza de Zapatero, mercenarios del chavismo más cruento. Estos ideólogos de la miseria, una caterva de miserables que saben que la única verdad incómoda para ellos es esta: «Es fácil ser comunista en un país libre; lo difícil es ser libre en un país comunista».