Los días D

Hay causas que emocionan mucho y comprometen poco. Y hay otras que ni siquiera consiguen llegar al escaparate de la emoción pública. En esa frontera incómoda se mueven los ‘días D’, esas jornadas que visibilizan enfermedades, discapacidades y realidades sociales que merecen atención. La idea que los inspira es irreprochable. Lo discutible es el modo en que la sociedad los ha convertido, en demasiadas ocasiones, en un termómetro de popularidad más que en un verdadero ejercicio de conciencia.

No todos los sufrimientos cotizan igual. No todas las enfermedades despiertan el mismo interés. Hay causas que generan adhesión inmediata porque ya son reconocibles, porque tienen relato, imagen, embajadores y espacio asegurado en la conversación pública. Y hay otras que permanecen en una penumbra persistente, sostenidas casi en soledad por asociaciones pequeñas, por familias exhaustas y por personas afectadas que, además de convivir con la dificultad, deben cargar con la indiferencia.

También en esto los gestos retratan a quien los hace. Se nota, y mucho, qué personas famosas conocen de verdad el ámbito social y cuáles apenas se aproximan a él desde la distancia cómoda del escaparate. Quienes no pisan ese terreno suelen destinar premios, donaciones o apoyos a las organizaciones más célebres. En cambio, quienes trabajan cerca de la fragilidad social suelen mirar hacia entidades modestas. Esta es la diferencia entre la solidaridad que posa y la que se implica.

Se nota, y mucho, qué personas famosas conocen de verdad el ámbito social y cuáles apenas se aproximan a él desde la distancia cómoda del escaparate

Habrá que admitir que algunos ‘días D’ no visibilizan tanto la vulnerabilidad como nuestra forma selectiva de mirarla. Porque una sociedad justa no es la que aplaude las causas más visibles, sino la que aprende a reconocer el dolor que no se ha puesto de moda. 


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