Aviso a navegantes |
Mi verano es en un pueblo que lleva una ballena en su escudo. El restaurante en el que nos gusta cenar es una casa de pescadores que tiene por cimientos nada más y nada menos que la cabeza de una ballena. La Virgen más visitada en esa costa está en una roca de un acantilado y fue construida por unos balleneros que sobrevivieron a una tormenta.
Pero este año en nuestra costa no se hablaba de ninguna ballena sino de un delfín. Nada de poderosos mamíferos de 50 metros sino todas las conversaciones versaban sobre un simpático delfín que ha hecho de la bahía su hábitat. En julio y agosto no ha habido ningún regatista que no haya disfrutado de sus piruetas o bañista privado de nadar a pocos metros.
Hemos pasado por este lares de temer a una ballena a buscar una foto con el amigable delfín. De morirnos de miedo ante la aparición del temido cetáceo a suspirar por zambullirnos cerca del adorable primo.
Quizás esto que está pasando no tiene que ver con la moratoria internacional de........