Munchausen |
Por si nos pasara poco, la Universidad de Utrecht publicaba un estudio en el que indicaba que más de la mitad de los veterinarios de los Países Bajos sospechan que alguno de sus clientes provocan o exageran dolencias en sus animales. Se presentan una y otra vez en la clínica con un perro o un gato sospechosamente alicaído que mejora mientras se encuentra ingresado y cuya salud cae en picado en cuanto regresa a casa. El fenómeno nos suena, claro. Remite al síndrome de Munchausen por poderes, una forma de maltrato en la que un adulto provoca enfermedades en alguien dependiente, un hijo, por lo general, y se presenta luego como el perfecto cuidador. Así, abnegado, sensible, entregado, obtiene la atención y el reconocimiento que se le niega de otra manera.
El término nace del excéntrico barón de Münchhausen, el de los relatos desmesurados y fantásticos. En la clínica, esa fantasía adopta un sesgo oscuro: alguien con poder miente y convierte al otro en el escenario de una ficción dañina. El niño enferma porque alguien necesita que enferme.
Alguien en política internacional ha descubierto esa práctica, y al parecer se ha producido un contagio entre las élites. No hablamos de errores tácticos ni de inevitables daños colaterales, sino de la presión económica que asfixia poblaciones, de conflictos sostenidos a baja intensidad, de propaganda que inocula el miedo y anestesia el juicio. Se administra el dolor a la población propia como una eficaz herramienta de gobierno, medida, dosificada y legitimada.
En la clínica, esa fantasía adopta un sesgo oscuro: alguien con poder miente y convierte al otro en el escenario de una ficción dañina
Y, como indica el síndrome, quienes generan el daño ofrecen luego la cura: negocian treguas, anuncian ayudas, ocupan el lugar del rescatador. Somos nosotros, pobres animales asustados, quienes cargamos con la factura emocional y material, con la incertidumbre constante, con una precariedad normalizada, y con la terrible sensación de amenaza que no se atenúa nunca. Nunca fuimos pacientes: somos rehenes.