La absurda locura del Coachella |
Coachella ha vuelto. Y con él, ese cosquilleo incómodo llamado FOMO. Ese "debería estar ahí" que te atraviesa cuando ves los stories de gente aparentemente feliz, bronceada y vestida con toda su fantasía para disfrutar de la música en el desierto de California. Me muero de envidia. Mucha. Pero también me he puesto a hacer números… y se me ha pasado:
La entrada más básica te cuesta unos 550€. El vuelo a Los Ángeles, en turista, entre 700 y 1.200 eurillos. El alojamiento, como mínimo, unos 800€ por noche. Fácilmente te puedes gastar 1.500€. Y no hablemos de alquilarte una casita con piscina… El bus lanzadera hasta el recinto cuesta alrededor de 200€. Comidas, vestuario, extras varios… La fantasía desértica te puede salir por un riñón y un ojo de la cara.
Y eso no es todo, porque la experiencia no está completa sin… colas eternas achicharrándose bajo el sol. Paseos de más de 45 minutos para llegar a los escenarios. Conciertos que te pierdes porque programan a los artistas más importantes en los mismos horarios para evitar colapsos. ¡Vamos, que pagas una fortuna para no ver todo!
Pero es Coachella. Claro. Pagas por contar que has ido al único lugar del mundo donde el outfit importa más que el setlist.
Y luego están los conciertos: Justin Bieber está dando mucho que hablar. En una especie de reencuentro con su yo del pasado, ha dejado más preguntas que respuestas. Momentos a medio gas, vídeos proyectados desde su ordenador conectado a YouTube y la certeza de que a los hombres no se les exige tanto como a las mujeres. ¿Realmente ha cobrado 10 millones de dólares por eso?
Me encanta Justin, pero si a Sabrina Carpenter se le ocurre algo parecido, le llueven críticas hasta en el cielo del paladar.
Para mí, Coachella tendrá que esperar. Mientras, lo disfruto desde casa. Sin empujones, sin vestirme de mamarracho de AliExpress y sin pedir un préstamo para contar que he ido.