Donde dije "digo"... no digo "Diego"
Una comilla no es un adorno, es compromiso. En periodismo, lo que va entrecomillado debe haber sido dicho exactamente así. Ni resumido ni reinterpretado ni mejorado para que el titular se haga viral. Porque es lo mismo, pero no es lo mismo.
Con Leire Martínez, lo hemos visto con claridad: tras una entrevista publicada en un medio nacional, el titular entrecomillaba una frase que sonaba rotunda. El impacto fue inmediato porque escribir "Leire" y "Amaia" en un mismo titular vende. Dos mujeres enfrentadas, las redes incendiadas y el debate encendido. Días después, en el primer concierto de su gira en solitario, Leire respondió sobre el escenario anunciando que no volvería a contestar preguntas sobre La Oreja de Van Gogh porque no se respetaban sus palabras. Más tarde, al publicarse el audio íntegro de la entrevista, se comprobó que, además de que se obviaron el tono y el contexto, lo que Leire dijo era diferente al titular que había corrido como la pólvora. Era lo mismo, pero no era lo mismo.
Cuando algo aparece entre comillas, el lector entiende que son palabras literales. Si no lo son, la confianza se resiente. Victoria Beckham lleva años arrastrando y desmintiendo un famoso "España huele a ajo" que ella nunca pronunció. La pasada semana, Chenoa se vio obligada a desmentir una portada que aseguraba una reconciliación amorosa inexistente. Y suma y sigue…
Son muchos los que han pasado de ver a la prensa como aliada a mirarla con prevención. No por culpa del periodismo riguroso, que resiste, sino por el titular urgente y el clic inmediato. Hay periodistas excelentes y otros que retuercen preguntas para lograr respuestas soñadas, incluso antes de encender la grabadora.
El problema no es la crítica. Es la manipulación sutil. Es el entrecomillado creativo. Cuando la confianza se rompe, el silencio crece. Y si los protagonistas no hablan por miedo, todos perdemos.
