Celia Cruz y el día que no llegó el micrófono a tiempo

Celia Cruz estaba lista detrás del escenario. Como tantas otras veces, había acudido a una de esas galas de varietés que dirigía José Luis Moreno. El ventrílocuo de boca abierta nunca escatimaba piropos, aplausos, luces de colores y bailarines en escena. Menos aún si iba actuar La reina de la Salsa.  

Un ballet español había estado calentando el escenario con capotes de lidia. Otro ballet, más cabaretero, continuó la coreografía cual clase de zumba. Con jadeos incluidos. Ya estaba sonando su Yo le pongo sazón.  Y, al ritmo de su son, asomo Celia por debajo de las escaleras. Las grandes estrellas no necesitan descender largas escalinatas de neón para brillar más. 

Pero, aquella noche de fiesta televisada, la prisa hizo que nadie entregara un micrófono a Celia Cruz. Y el playback sin micrófono siempre parece que se nota más. Una manía de la televisión. Aunque la música y la voz estén pregrabadas, pocos se atreven a saltarse la convención social de micro en mano. Como si perdiera credibilidad la actuación. Como si necesitáramos disimular la trampa. Como si la audiencia no supiera ya distinguir de lejos cuándo es directo y cuándo es falso directo. Como si el artista debiera aparentar más que interpretar. 

“Todo el mundo me pregunta, Celia, cuál es el secreto, de estar unida tanto tiempoal hombre de tu corazón”. La letra de la canción ya estaba en marcha y, por fin, Celia Cruz la pudo contar en la tele a dos manos. Sus brazos, sus dedos, sus ojos narraban en vivo cada palabra grabada de la canción. El espectáculo era su expresividad, en gesto, en contoneo, en sonrisa, en mirada. De hecho, no dejaba de mirar las pupilas del público. Aunque no lo viera. Siempre sabiendo dónde estaba la cámara que grababa su arte, siempre consiguiendo que, con solo contemplarla, el espectador sintiera que también estaba bailando. Y sin necesidad de moverse del sillón. 

Y, claro, nadie echó de menos el micrófono sin pilas. Los regidores del programa respiraron aliviados. Celia Cruz estaba de vuelta. Ella, que había comenzando en una rudimentaria televisivo cantando cuando ni siquiera había micrófonos inalámbricos. El aparato que captaba el sonido colgaba de una estructura que llamaban jirafa. Su carismática voz llegaba allá lejos. Hasta lo más alto. 

Con el paso de los años y la evolución de la técnica, se fue cayendo en las inercias de rutinas que no son tan necesarias como parece. Para qué usar micro en una actuación musical si es puro playback. Mejor jugar a narrar una historia. Pero, en ocasiones, el micrófono como atrezo da seguridad a los intérpretes. Otras, en cambio, directamente merma parte de su autenticidad en escena. Sucedió aquella noche de los coloristas años noventa, en donde Celia recordó la diferencia entre una cantante y una artista. Excelentes vocalistas hay muchas, pocas proyectan la magia de la actitud hecha sonrisa en cada vaivén de su piel. Si no me creen, fíjense:


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