Cómo ha cambiado la tele (y nosotros)

Nunca dejamos de cambiar. Y menos mal, pues eso significa que seguimos creciendo. También nuestra manera de relacionarnos con los medios de comunicación. Y la propia tele, que antes nos invitaba al diálogo. Había que ejercer el consenso en el salón para ver una serie. Tú eras de Los Serrano o Aquí no hay quien viva. De las dos a la vez era más difícil, las cadenas nos hacían elegir para arañar más share. Ahora sus rivalidades ya nos dan igual: cada miembro de la familia tiene una pantalla a su disposición. Grande, pequeña o en el bolsillo. Hemos pasado del visionado en colectividad al consumo individual.  

Tal individualismo se traduce también en cómo recordamos u olvidamos las series que sentimos. Antes comentábamos las ficciones durante toda la semana. Había que esperar siete días entre capítulo y capítulo. La dosificación nos permitía imaginar más, sumergirnos en la trama de manera más honda. Porque la debatíamos en familia, la especulábamos con amigos. Qué pasaría después. Por qué actuaron así. Pero llegó Netflix, nos alimentó el veneno de la ansiedad permitiéndonos devorar toda la temporada de la ficción de una tacada. No tenemos tiempo de macerar recuerdos en la memoria. Porque el mismo viernes siguiente engulliremos otra serie sin tiempo para pensarla. Sin tiempo para soñarla.

A esta velocidad de llevarnos por delante las producciones audiovisuales, las cadenas de televisión clásicas fueron interiorizando que las series solo se ven en el bajo demanda. Aunque, en realidad, esta circunstancia sea más a causa del lío de horarios que han promovido los canales. Pues continúa existiendo un espectador que agradece que le sorprendan en prime time cuando las ideas están ordenadas. Y te puedas organizar. Sabiendo a qué hora empieza y a qué hora acaba el episodio.

Así hemos ido perdiendo ficciones que se conversan en las plazas más populares porque hablaban de nosotros mismos. Otro cambio generacional. Historias con las que nos entreteníamos mientras aprendíamos sobre cómo somos a la vez que el mundo descubría las miradas que nos hacen únicos. Curro Jiménez, Anillos de Oro, Farmacia de Guardia, Chicas de Hoy en Día, Médico de Familia, Compañeros, 7 Vidas, Cuéntame cómo pasó, El Ministerio del Tiempo… Cada una en su época, pero todas hacían la Marca España explorando cómo éramos, cómo dejábamos de ser y cómo queríamos ser. En lo bueno, y en lo regular.

En las susceptibilidades de las redes sociales que ponen todo a debate, hay complejos de enfilar según que temas en prime time. Es mejor refugiarse en tiempos pasados: en la ficción de época con la que nos miramos al espejo con más distancia. Así no se molesta nadie. Y no es porque haya menos libertad que antes, que hay más, mejor y más asentada, si no porque la sobredosis extenuante de opinión -transformada en mero entretenimiento viral- nos ha empujado a un estado irritado que nos hace más recelosos con todo. Complejo tema en el que todos participamos. El problema es cuando hay debates que nos reducen al sometimiento de trincheras previsibles. Cuando la televisión se sostiene mejor en el ideal de tolerantes conociéndose y, a veces, terminando entendiéndose. Un poco más.

El romanticismo del tiempo pasado permite todo. Tanto que incluso los seriales son los pocos espacios que mantienen sus sintonías largas. Las cartas de presentación que nos sugestionan de la atmósfera de los programas. Aunque, por lo general, las canciones de inicio también han desaparecido. No hay tiempo. No vaya a ser que se marche el impaciente espectador que tanto impacto audiovisual recibe. Las canciones de los programas eran largas para que el público fuera sumándose. Mirabas de reojo cómo pasaba algo especial en pantalla, te contagiabas de que había ilusión, de que había estética, de que empezaba una propuesta en la que apetecía estar. Querías ser parte de ese universo singular. 

Hemos perdido el ingenio de la liturgia. En la tele de hoy ya aparece todo el personal sentado en la mesa. Y con la boca abierta. Se habla de todo y, a la vez, de nada. Todo el rato. La tele se le queda cara de Twitter cuando su porvenir está recuperar todo lo que le hacía diferente a otros medios. No es nostalgia, es echar de menos aquellas escenografías repletas de escaleras de neón y luces de colores. Los presentadores tardaban en entrar y, en ese recorrido, se convertían en estrellas. El brillo transformaba la tele en una experiencia. Porque no se trataba solo de impactar con efímeros reclamos de venta, sobre todo se buscaba fascinar la capacidad de curiosidad del espectador. En esa elaboración, está el porvenir de la tele. En la ilusión que nos une porque borra las quisquillosidades de usar y tirar que nos paralizan. En la creatividad que nos devuelve al arte más eterno: el arte de admirar.


© 20 minutos